TECNOLOGÍA

02 de Febrero de 2026

Pacto parental: cuando ordenar la tecnología se vuelve una decisión colectiva

La entrega temprana de celulares, los grupos de WhatsApp y la presión social están reconfigurando la infancia. Frente a ese escenario, un grupo de madres y padres empezó a hacerse una pregunta incómoda: ¿y si el problema no es un chico en particular, sino el entorno que estamos construyendo? Así nació Pacto Parental, quienes nos brindaron una entrevista exclusiva lara Corre La Voz.

/ por Florencia Maugeri - Especialista en Derecho Informático 

Pacto Parental no surgió como una consigna teórica ni como una cruzada anti-tecnología. Nació de una experiencia concreta. “Empezamos a notar cosas raras en el curso de uno de nuestros hijos”, cuenta Nacho Castro, uno de los impulsores de la iniciativa. Dinámicas que no cerraban, situaciones que se repetían y un malestar general que llevó a las familias a observar con más atención qué estaba pasando.

Ese primer registro dio lugar a una búsqueda más profunda. Lecturas, estudios, evidencia científica y experiencias de otros lugares comenzaron a mostrar un patrón: el uso temprano e intensivo de tecnología estaba generando efectos que los adultos no estaban dimensionando. “Ahí entendimos que el problema no se resolvía educando mejor a un padre o a una madre, sino ordenándonos entre todos”, explica Castro.

La primera alarma apareció en un espacio cotidiano y aparentemente inofensivo: los grupos de WhatsApp entre chicos de 11 años. Según relatan, la interacción digital se volvió central en la vida del curso, con un promedio de más de 150 notificaciones diarias por niño. En ese entorno comenzaron a darse situaciones de exclusión, armados de grupos paralelos y primeras experiencias de bullying que no nacían de la maldad, sino del desconocimiento. 

“Los chicos se estaban estrenando en dinámicas para las que no tenían herramientas”, señala Castro. El impacto no fue solo vincular: también aparecieron angustias, dolores y, en algunos casos, síntomas compatibles con trastornos de ansiedad. “No sé si la culpa es exclusivamente del teléfono, pero sí sabíamos que había algo urgente que ordenar”, resume.

Desde Pacto Parental insisten en que el eje no es demonizar la tecnología. “No somos anti-pantallas”, aclaran. La propuesta no es prohibir, sino postergar. Y esa postergación solo puede ser efectiva si es colectiva. “El acuerdo tiene que ser entre padres, porque hay que ordenar todo el entorno del chico. No sirve que un nene sea el único sin celular mientras todos los demás están absortos en una pantalla”.

El planteo se apoya también en fundamentos del desarrollo infantil. El cerebro de los chicos no está preparado para la sobreestimulación constante, la inyección permanente de dopamina, la comparación continua y la demanda de atención que impone el teléfono. “Aunque estén jugando, cuatro o cinco horas frente a una pantalla generan un daño. Ese es el principal riesgo: qué le está pasando al cuerpo y al cerebro con esta adicción”, advierte.

Uno de los motores más fuertes del acceso temprano al celular es la presión social. Hoy, en la Argentina, la edad promedio de acceso al primer dispositivo ronda los 9 años y medio. “La frase más escuchada -entre madres y padres- es ‘(mi hijo) es el único que no tiene’”, explica Castro. Pero esa lógica es engañosa. “Lo que no sabemos es cuán preocupados están todos los padres que ya entregaron el teléfono y después no supieron cómo manejarlo”.

Cuando algunas familias empezaron a alzar la voz, ocurrió algo inesperado: muchos otros padres admitieron que el uso del celular se les había desbordado. “Ahí entendimos que no estábamos solos”, recuerda. Y que esa misma presión social que empuja a dar un teléfono podía invertirse. “Si logramos acuerdos, empieza a pasar lo contrario: el único que tiene celular es el que queda expuesto, y hasta le da vergüenza sacarlo”.

En ese proceso, la escuela aparece como un actor clave. “Las escuelas pueden cumplir un rol muy interesante, son un gran catalizador”, señala Castro. Ya hay instituciones que anunciaron la prohibición total del uso de celulares durante toda la jornada escolar a partir de 2026. “Cuando una escuela te dice que no se puede usar el teléfono en todo el día, te está diciendo que también entiende que esto provoca un daño”.

La contracara son las escuelas que exigen celulares con datos desde sexto grado. “Eso es una locura”, afirma. Según relatan directivos y docentes, los recreos se habían transformado en patios con chicos aislados, sin juego ni interacción, “como zombies caminando”. Aun así, Castro es claro: la escuela acompaña, pero el primer orden tiene que empezar en casa. “En nuestro caso, primero ordenamos nosotros, y después  lo planteamos en la escuela, y ellos nos super acompañaron, y eso fue clave”.

Implementar ese cambio no es fácil. Castro no ofrece recetas únicas ni soluciones mágicas. “Cada familia conoce su realidad”, aclara. En su experiencia, retirar el teléfono implicó sentarse a hablar y poner un límite claro. “El cuerpo reacciona: se enoja, patalea, llora. Como con cualquier otro  límite”.

Pero ese enojo dura poco. “Cinco minutos después ya pasó, y el chico está haciendo otra cosa”. Los niños, explica, son profundamente maleables. La insistencia posterior —el “dame el teléfono”— forma parte de la lógica de la adicción, no de un daño irreversible. “Poner límites es parte de nuestro rol. Los chicos crecen alrededor de los límites, no en su ausencia”.

En ese camino, los adultos también quedan interpelados. “No podemos pedirle a un chico que no esté todo el día con el teléfono si nosotros estamos todo el día con el teléfono”, reconoce Castro. La respuesta infantil es inmediata y certera: “Vos también estás todo el tiempo con el celular”. Y tienen razón.

Revisar el propio uso fue, en su caso, revelador. “Con solo mirar el tiempo en pantalla, reduje casi a la mitad”. No hacía falta agarrar el teléfono apenas uno se despertaba. “A las siete de la mañana no hay novedades”, dice. Detrás de las pantallas, recuerda, están las mentes más brillantes del mundo diseñando sistemas para captar atención. “Cuando empezás a limpiar eso, se te despeja muchísimo”.

Los beneficios del cambio no tardan en aparecer. Vuelven los juegos de mesa, las salidas a la plaza, otra forma de vincularse. Una madre lo resumió con una frase que impactó mucho al grupo: “Volvió la vida a casa”. También vuelve algo que incomoda, pero es necesario: el aburrimiento. “Los chicos tienen que aprender a aburrirse”, sostiene Nacho. A tolerar la espera, el ritmo lento, una película sin acelerar la velocidad. Y eso obliga a los adultos a estar, a crear, a hacerse cargo.

Para quienes sienten que la tecnología les ganó la crianza, el mensaje final es directo y sin eufemismos. “Si sienten eso, tienen razón. La tecnología nos ganó la crianza. Se metió, ocupó un lugar que era nuestro y se lo llevó”. No se trata de culpa, sino de conciencia. Informarse, leer, escuchar a especialistas y a otros padres.

Castro menciona ejemplos visibles que ayudan a correrse del mandato social, como el de Natalia Oreiro, quien decidió no darle un celular a su hijo hasta los 14 años. “Cuando ves que alguien toma una decisión consciente así, inevitablemente te preguntás: ¿por qué se lo di yo?, ¿para qué?”. Y subraya algo fundamental: nunca es tarde. Aun cuando el teléfono ya está en manos del chico, se puede volver atrás. “Podés sacárselo. Le das un teléfono básico para que esté comunicado, nada más. Y el chico se va a tener que arreglar”. Arreglárselas significa volver a hablar, a interactuar, a mirar al otro, a habitar el mundo real.

El mensaje final de Pacto Parental es claro y contundente: si sentís que le entregaste la crianza a la tecnología, todavía la podes recuperar. Y hacelo rápido. “Esa crianza es tuya. No es de la tecnología. No es de nadie más”.

Una deuda pendiente del derecho

Como sociedad, ya no podemos seguir abordando esta problemática solo desde la voluntad individual de las familias. La evidencia empírica, la experiencia cotidiana de padres y docentes, y los efectos visibles en la salud mental y en los vínculos de niños y adolescentes obligan a una discusión más profunda: el derecho argentino debe comenzar a intervenir de manera clara y decidida.

En otros países, como Francia, el debate ya se tradujo en políticas concretas: restricciones al uso de teléfonos en las aulas, postergación del acceso a redes sociales y regulaciones pensadas no como castigo, sino como protección del desarrollo integral de niños, niñas y adolescentes. No se trata de prohibir por prohibir, sino de acompañar los tiempos del desarrollo, entendiendo que no todo lo técnicamente posible es jurídicamente deseable ni socialmente sano.

El derecho cumple, en estos casos, una función esencial: ordenar lo que el mercado y la tecnología desordenaron. Así como existen edades mínimas para conducir, votar o consumir determinados productos, resulta razonable —y urgente— discutir edades mínimas para el acceso a redes sociales y límites claros al uso de dispositivos en el ámbito escolar.

Postergar no es negar. Regular no es censurar. Acompañar desde el derecho es garantizar entornos más saludables, donde la infancia no quede librada exclusivamente a la lógica de la economía de la atención. Pacto Parental muestra que cuando los adultos se organizan, el entorno cambia. El desafío ahora es que el derecho acompañe ese movimiento y esté a la altura de una transformación que ya empezó.


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