EDUCACIÓN

15 de Febrero de 2026

La escuela perdió la Batalla por la atención (y el celular solo vino a mostrarlo)

Las restricciones al uso del celular en la escuela exponen un problema más profundo que la tecnología: la dificultad creciente para sostener la atención y garantizar condiciones reales de aprendizaje. La propuesta de la Provincia de Buenos Aires vuelve a poner en el centro a quién conduce la experiencia educativa dentro del aula.

/ por Lic. Fernando Bonforti*

Durante años el celular fue tratado en la escuela como un problema disciplinario: un objeto que sonaba en el momento menos indicado, que interrumpía explicaciones o que obligaba a repetir consignas porque alguien estaba mirando una pantalla. Esa mirada resultó cómoda, pero superficial. Hoy empieza a quedar claro que el tema es mucho más profundo.

El celular no es solo una distracción. Es un síntoma.

Un síntoma de algo que el sistema educativo viene perdiendo hace tiempo: el control de la atención. Y cuando una institución pierde la atención de quienes debe formar, pierde también gran parte de su capacidad de enseñar. No se trata de nostalgia por otra época, sino de reconocer que enseñar exige ciertas condiciones cognitivas mínimas: foco, continuidad y tiempo mental disponible.

En Argentina, el debate dejó de ser una conversación de pasillo para convertirse en agenda pública. Distintas jurisdicciones comenzaron a discutir regulaciones y encuadres claros sobre el uso de dispositivos en el ámbito escolar. El argumento se repite: mejorar la concentración, reducir conflictos y recuperar condiciones básicas para el aprendizaje. No es un capricho conservador. Es una reacción frente a una realidad que desbordó a las instituciones.

Provincia de Buenos Aires: regular no es prohibir

En la provincia de Buenos Aires, el tema pasó del diagnóstico a la política pública. Se avanzó con una propuesta que limita el uso de celulares durante la jornada escolar en el nivel primario, salvo cuando el docente lo habilita con un propósito pedagógico concreto.

El punto central no es solo la restricción, sino el enfoque que la acompaña. La propuesta bonaerense introduce criterios claros para el uso pedagógico de los dispositivos: los celulares pueden incorporarse únicamente cuando forman parte de actividades planificadas, con objetivos definidos y bajo la conducción directa del docente. El dispositivo deja así de ser un elemento de uso libre o permanente para quedar subordinado al sentido pedagógico de la clase.

Este cambio de lógica es significativo. No se trata de excluir la tecnología, sino de reubicarla dentro de un encuadre educativo consciente, donde la autoridad pedagógica define cuándo, cómo y para qué se utiliza. La Provincia intenta devolver previsibilidad a una cuestión que durante años quedó librada a decisiones individuales, negociaciones informales o directamente a la inercia.

Durante mucho tiempo el discurso dominante fue que había que incorporar tecnología a cualquier costo: más conectividad, más plataformas, más dispositivos. Pero casi nadie se animó a decir algo elemental: la tecnología también compite con la capacidad de concentrarse.

Hoy un docente entra al aula y compite, en tiempo real, contra notificaciones constantes, videos breves diseñados para generar impacto inmediato, redes pensadas para retener al usuario y estímulos que no se apagan nunca. No es una pelea justa. No porque la escuela esté atrasada, sino porque los dispositivos están diseñados para capturar atención permanente, mientras que el aprendizaje profundo necesita tiempos más lentos.

El celular, en rigor, no creó el problema.

Lo dejó en evidencia.

La escuela ya venía perdiendo centralidad cultural desde hace años. Perdió el monopolio del saber, el monopolio de la palabra y el monopolio de la información. Ahora está en riesgo de perder algo todavía más delicado: el control del tiempo mental de los estudiantes. Antes, durante una clase, la atención estaba concentrada en lo que ocurría dentro del aula. Hoy el aula compite con el mundo entero en el bolsillo de cada alumno.

En los últimos años, trabajando con equipos directivos y docentes de distintos niveles, el tema del celular aparece de manera recurrente en cada diagnóstico institucional. No surge como una queja aislada, sino como un indicador de una dificultad creciente para sostener la atención, ordenar los tiempos de trabajo y reconstruir acuerdos básicos de convivencia pedagógica. Cuando el mismo problema se repite en escuelas con contextos sociales muy distintos, deja de ser una cuestión de disciplina individual y pasa a convertirse en un fenómeno del sistema.

Sería un error, sin embargo, caer en el prohibicionismo simplista. El celular también puede ser una herramienta pedagógica valiosa cuando existe planificación, propósito y conducción docente. Puede servir para investigar, producir contenidos, documentar procesos o trabajar colaborativamente. El problema no es el dispositivo en sí, sino la ausencia de encuadre. Cuando no hay reglas claras, el celular deja de ser herramienta y pasa a ser ruido. Y el ruido constante es incompatible con el aprendizaje profundo.

El debate real, entonces, no es “celular sí o celular no”. La pregunta incómoda es otra: ¿la escuela todavía puede construir condiciones para el silencio, el foco y el pensamiento sostenido? Sin esas condiciones no hay comprensión real, solo circulación de información.

La tecnología no va a desaparecer. El celular tampoco. La decisión de fondo es qué lugar ocupa dentro de la experiencia escolar. La escuela no puede competir con el nivel de estimulación de una pantalla diseñada por equipos de ingeniería conductual. Pero sí puede - y debe - decidir cuándo esa pantalla entra, para qué entra y en qué condiciones.

Porque, en el fondo, el debate sobre el celular no trata solamente sobre dispositivos.

Antes de decidir qué hacer con los dispositivos, el sistema educativo debería decidir qué tipo de experiencia de aprendizaje quiere garantizar.

 

*Lic. Fernando Bonforti

Consultor en gestión educativa y estrategia pedagógica

Especialista en organización y planificación institucional

Director de FB Educación & Gestión


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