/ Por Sofía Lamarca
Yo sé muy bien lo que soy
ternura pa'l café
solo soy un terrón de azúcar
Berghain- Rosalía, Björk y Yves Tumor
El sábado 21 de febrero se abrió el telón - esta vez literalmente - de la sala de la Biblioteca Popular José Ingenieros La garza blanca o la gaviota del paraná, dirigida por Nadia Sandrone, es una adaptación libre del clásico La gaviota, de Chéjov, obra que no deja de representarse en los teatros del mundo y de nuestro país. Resultado del trabajo en el taller Cae la noche litoral, que funciona también en la biblioteca, La garza blanca propone una mirada situada, cercana al barroso de nuestro río, al marrón de nuestras orillas.
La puesta es simple, elegante y sencilla. La estancia y el pueblo se figuran dentro de una biblioteca sin grandes artificios escenográficos. Apenas una mesa, algunas sillas, reposeras forman el paisaje escenográfico de la apuesta de Nadia Sandrone. El vestuario es una delicia. El blanco que portan todos los personajes podría volverse un uniforme, pero por el contrario, constituyen y configuran parte del carácter particular. No hay pureza en ese blanco, y mucho menos ingenuidad. “Estoy de luto” dice uno de los personajes, y ese blanco se vuelve negro en la dureza de su mirada. Además, los elementos aparecen como marcas sutiles de clase: el abanico, las valijas de mano, los aros, y un sombrero.
La canción de apertura, Berghain, se presenta como plenamente actual, sostenida por golpes rítmicos que instauran un tono épico. Sin embargo, en esa misma materialidad sonora reaparece una amorosidad hacia lo clásico, que entra en diálogo con la tradición que la obra convoca. Mientras que la canción de Rosalía exclama “sé muy bien lo que soy”, sobre un fondo negro y bajo una luz azul, el personaje encarnado de manera exquisita por Juli Tomei se pregunta “¿quién soy yo?”. Creo que es esa la pregunta que atraviesa la obra. Ninguno de los personajes es un terrón de azúcar, pero puede la ternura encontrar las grietas de la hostilidad y el rencor para jugar a crear una luminosidad nueva. De este modo, la obra nos propone un interrogante por la identidad y por hallar algún ensayo de respuesta ante la fragilidad del mundo. Si la identidad es fluida, si se construye en cada acto, la puesta nos lleva al vaivén constante y al movimiento pendular, como el del río, como el del tren. Así, los personajes se preguntan una y otra vez quiénes son, quiénes quieren ser, quiénes les piden que sean. La disputa entre el mandato y el impulso se vuelve protagonista, y habilita inquietudes alrededor del género, la expresión artística, la literatura, el teatro, la poesía y el arte.
Es el humor, como un recurso característico de la dramaturgia de Nadia Sandrone, lo que permite que los debates y las reflexiones filosóficas acerca del arte y el presente se sientan cercanas. La obra se ríe de las demandas de una época - ser hermosas, amar, meditar, ser relajadas - pero también de las poetas, de las actrices, de los directores, de las artistas. Es decir, la obra se ríe de sí misma, y está allí el acierto. Nada es más importante que el arte. Nada es menos importante que eso.
Sin embargo, y a pesar del interrogante constante por la identidad y el presente, el brillo de la obra se presenta también en su posibilidad de mirar hacia el futuro. Las más chicas se preguntan por su futuro, por la posibilidad de irse o de quedarse, por lo que pueden o les dejan hacer. Pero las más grandes también. Las más grandes se miran entre sí y como un espejo se cuestionan para qué hacer lo que hacen, por dónde puede seguir el camino para ellas. El futuro se presenta como incertidumbre pero también como posibilidad. Qué bueno que se pueda mirar hacia el futuro.
El futuro, el presente, la ambición de hacer lo nuevo y la identidad son los tropos por los que navega la obra, llevada adelante de manera exquisita por un elenco precioso. La corporalidad y la voz de Flor Manzi (que sabe volar en la tierra), la pisada y la mirada novísima y vital de Juli Galluzi, la experiencia, elegancia y gracia de Anita Ferrere, la poética de Ale Barales, la vanguardia de Zoe Vargas y la revelación poderosa, central de Juli Tomei que sabe decir con la voz pero también con el cuerpo y que con lágrimas en los ojos en los momentos adecuados sabe preguntar por la rebeldía.
Es que la rebeldía es una pregunta que plantea la puesta ya desde la reescritura misma. Adaptar un clásico para lograr que las vanguardias de la época puedan exclamar sus preocupaciones se vuelve un acto de rebeldía que se agradece por un público conmovido.

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