LECTURA

22 de Mayo de 2026

El recomendado de la semana: “Las conversaciones, los sueños y el color del tiempo”

(Sobre Las palabras de la noche de Natalia Ginzburg, Buenos Aires, Pre-Textos, 126 páginas)

En El Evangelio según San Mateo de Pasolini hay una mujer que aparece en algunas escenas sin decir casi nada. Es María de Betania, la que se atreve a derramar ungüento sobre los pies de Cristo y también, según Lucas, la que escucha en vez de actuar. Pasolini le confió ese papel a Natalia Ginzburg, que era por entonces directora editorial de Einaudi en Roma y una de las voces más singulares de la narrativa italiana. Resulta difícil no leer en esa elección una afinidad que va más allá de la amistad. Basta quizá con capturar sus ojos en una pausa, en un arbitrario primer plano y notar que su mirada ante la cámara tiene la misma calidad que tiene su prosa: directa, levemente desplazada del centro, sin nada que demostrar.

Las palabras de la noche —publicada en italiano como Le voci della sera en 1961— es la novela donde esa mirada funciona con mayor precisión. Ginzburg la escribió en Londres, mientras su segundo marido Gabriele Baldini dirigía el Instituto Italiano de Cultura y ella se movía por una ciudad que la deprimía, cuyos habitantes no le caían bien y cuya comida le parecía triste. En esa soledad empezó a sentir que los lugares de la infancia —Turín, el Piamonte, las calles a orillas del Po que siempre había desterrado de sus textos por vergüenza de su origen burgués— comenzaban a despertarse dentro de ella, Sintió, en sus propias palabras, "una alegría enloquecedora." Así surgió la novela, cuyo escenario es un ficticio pueblo del Piamonte y los dramatis personae emergen de dos familias que comparten décadas, una guerra, ideologías encontradas y el ruido de fondo de una fábrica textil. La narradora es una mujer joven que observa más que vive, y que se va enamorando, con una mezcla de certeza y resignación, de Tommasino, el hijo menor de la familia propietaria: un hombre incapaz de comprometerse del todo con nada. Lo que Ginzburg construye entre ellos es uno de los retratos más precisos del fracaso amoroso que haya dado la literatura italiana del siglo XX. O quizá una foto velada de la anagnórisis que conlleva toda historia de amor.
Cuando Ginzburg le mandó a Italo Calvino el manuscrito desde Londres, éste le respondió con una carta entusiasta: "Me gusta muchísimo. La leí de un tirón, es la novela más hermosa que escribiste. Esa percepción para las historias familiares, cómo se entrelazan... Triste, mortalmente triste…" Luego, diría que la escritora era capaz de “hacer pasar el mar por un embudo.”

La propia Ginzburg, interrogada en 1985, lo explicó desde otro lugar: "Siempre he escrito en primera persona. Me resulta extremadamente difícil usar la tercera persona porque, en el fondo, todos somos individualistas incurables. Necesito dominar la trama de una historia; no puedo dejar que otros la tomen por mí." Ya antes, en un famoso ensayo, había precisado el territorio exacto de ese dominio: "Mi oficio es escribir historias, cosas inventadas o cosas que recuerdo de mi vida, pero, en cualquier caso, historias, cosas en las que no entra la cultura, sino sólo la memoria y la fantasía." Las voces de la noche se encarga de precisar que, cercado por el ruido de la vida cotidiana y las conversaciones que van y vienen construyendo nuestras biografías, los silencios no son fantasmas de la pasividad, sino signos del discurrir, formas de conocimiento. Y acaso sean las iluminaciones más honestas.
 

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