LECTURA

06 de Febrero de 2026

El recomendado de la semana: “Sólo estamos vos y yo”

(sobre La tierra baldía de T.S. Eliot, México, FCE, 64 páginas)

Que abril es el mes más cruel es algo que uno descubre de chico, entre canciones infantiles y rimas que no se sabe muy bien de dónde provienen. Nadie imagina, al escucharlo por primera vez, la primavera septentrional o el reposado otoño del sur, lo que causaría quizá una mueca de asombro o tristeza. Sin embargo, cuando los lectores, otrora peregrinos de los derroteros trazados por Dumas o Verne y también, gracias a un feliz acto de taumaturgia, marineros de Conrad y Melville, arriban a la ribera del poema, las cosas cambian.
El verso, esa otra parte donde arde la llama de la dicha es la belleza misma, el sitio en el que encalla la palabra. Y esa es probablemente la premisa para la lectura de The waste land, el clásico poema de Thomas Stearns Eliot. Compuesto por 434 versos diseminados en cinco secciones (El entierro de los muertos, Una partida de ajedrez, El sermón del fuego, La muerte por agua y Lo que dijo el trueno, a las que se suman las notas que el mismo Eliot agrega, y que constituyen más un ejercicio de esgrima que de crítica literaria), en su origen era un poema de casi el doble de extensión, con otro título, acaso no menos difuso ni exento de ironía.

Eliot pensaba llamarlo He do the police in different voices, pero el poemario fue corregido, purgado y retitulado por Ezra Pound, il miglior fabbro, (el mejor artesano), que se encargó de la poda de los más de ochocientos versos y tal vez de la coda final. Nada que sorprenda sino a un lector ingenuo, pero ya sabemos, con Borges, que “un poema haya o no haya sido escrito (en su totalidad, podríamos acotar) por un gran poeta sólo es importante para los historiadores de la literatura”. El mismo Borges, refiriéndose a Eliot en una nota biográfica que publica en la revista El hogar en junio de 1937, apenas quince años después de la primera edición del poema, afirma que los versos del norteamericano están teñidos de oscuridad pero que ésta no es menos importante que su belleza y que, por lo demás, la belleza se manifiesta antes que el arduo trabajo de la interpretación. Porque no olvidemos que The waste land sale a la luz en 1922, año en que también se publican Trilce de César Vallejo y los primeros números de Proa, en donde el  joven ultraìsta, suelto de alma, no se priva de asegurar que “en general la aquiescencia concedida por el hombre en situación de leyente a un riguroso eslabonamiento dialéctico, no es más que una holgazana incapacidad para tantear las pruebas que el escritor aduce, y una borrosa confianza en la honradez del mismo.”
En 1922 además, del otro lado del atlántico, salen el Ulises de Joyce, Elegías de Duino de Rilke  y Sodoma y Gomorra, cuarto tomo (y último corregido por el propio Proust) de En busca del tiempo perdido, lo que quizá sea más relevante para Eliot. Aunque para nosotros, el encanto de esa forma peregrina, acovachada en el placer del texto de la que habla Macedonio, se asemeja a la poltrona en la que nos sitúan los versos de La tierra baldía, puesto que  la mejor manera en que podemos abordarlos es en “situación de leyente”.


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