LECTURA

20 de Febrero de 2026

El recomendado de la semana: “No nos une el amor”

(sobre El sexo y el espanto de Pascal Quignard, Barcelona, Minúscula, 242 páginas)

La experiencia de leer cualquier libro de Quignard es, ante todo, un desafío físico y sensorial; las páginas parecen ocultar, debajo de la tinta, paisajes sonoros, restos de antiguos naufragios, ojos que deslumbraron a viejos amantes sobre las ruinas de Pompeya. Y en este caso puntual no se trata de un capricho estético, sino de una invitación a que la vista se canse y el alma se hunda en la penumbra de Roma. Puesto que en El sexo y el espanto Pascal Quignard nos entrega una obra que, más que un ensayo, parece lo que Steiner llamaría una presencia real: un encuentro con el misterio donde el mundo griego y el mundo romano se cruzan, se pelean, se acarician, se desnudan, para usar una mirada lateral y lúbrica, cargada de melancolía y pánico, que le gustaría a Girondo, acaso, de haber podido, un lector fantasmático, errante en su sombra, del escritor francés.

Quignard nos recuerda que detrás (o debajo) del deseo hay  miedo, una idea que remite a Cioran: usamos la belleza para mitigar la enfermedad de ser humanos. Y si para Proust la música humedecía el alma con impresiones originales, para Quignard el sexo, como historia o reliquia, es una excusa para construir una gramática de lo inefable. Y para ello, la sintaxis de Quignard se contorsiona hasta resultar un tejido de silencios y etimologías que intentan capturar el instante que precede a la muerte. Puesto que el placer, lejos de ser libertino, puede devenir en una odisea humana que nos confronta con lo profundamente puritano y autorreprimido.
Nacido en 1948, Pascal Quignard se reconoce como un escritor de las ruinas que ha buscado refugio en el aislamiento radical. Definido por otros como un maestro de lectura, Quignard abandonó su exitosa carrera editorial para ser un desertor de la vida social, convencido de que leer es, al fin y al cabo, errar, exponerse al peligro de ser desestabilizado. Su vida, marcada por una estirpe de organistas, habita un mundo donde la música es más antigua que el lenguaje y el silencio es el envoltorio de la existencia. Al igual que Borges, a quien Steiner consideraba el mayor alegorista por su maestría en la forma breve, Quignard prefiere el fragmento y el tratado para recoger los desechos del mundo y las escenas primitivas que la historia oficial olvida. Para él, escribir es cortar la lengua oral para coser los labios en un secreto literario, una tarea que busca recuperar el paraíso perdido del vientre materno. Quien abre un libro no sabe a dónde va, dice Quignard, asumiendo una vulnerabilidad que Steiner celebraba al pedir a sus alumnos que aprendieran textos de memoria para que nadie pudiera arrebatárselos.

Un texto puede ser un espejo de la dificultad para lidiar con lo que nos desborda. Frente a la buena literatura, frente a las voces de antaño, existe una tensión estética que tiende al deslumbramiento por la erudición y a la fatiga que produce la búsqueda sin fin.

Los lectores de Quignard se obligan a mirar más allá de lo evidente, a rastrear, como cazadores, los vestigios de la última presa. En esta vida contemporánea, acostumbrada a la inmediatez y a la banalidad, este libro es un cuarto propio que exige soledad y sosiego, para que podamos aprender a quedarnos inmóviles, no por servidumbre, sino por la pura potencia de lo que todavía no alcanzamos a nombrar.


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