/por Adrián Quinteros
Hablemos hoy de soledad y progresismo. Para este ejercicio voy a nombrar el documental “La teoría sueca del amor”, de Erik Gandini, donde se expone la realidad descarnada de una ingeniería social que la progresía occidental ha tomado como el faro de la civilización: la autonomía total como meta existencial. Lo que el documental revela no es solo una estadística de aislamiento, sino el efecto de las ontologías del individualismo promovidas bajo la premisa de que la libertad es, ante todo, no depender de nadie.
Esta arquitectura del desapego no fue azarosa; nació como una estrategia defensiva para que nunca más pudiera surgir un “Hitler”, operando bajo la lógica de que un sujeto atomizado, sin vínculos comunitarios fuertes, es inmune a las mareas colectivas del totalitarismo. Sin embargo, esa misma lógica fue permeando las instituciones y pedagogías globales, transformando la emancipación en una soledad profiláctica. El resultado es una sociedad de soberanos absolutos en departamentos de cristal, donde el Estado intenta ahora, mediante un cínico “Ministerio de la Soledad”, gestionar con burocracia el vacío vincular que el sistema mismo se encargó de institucionalizar.
El desembarco local: ontologías de la no-dependencia
Si nos trasladamos a la Argentina del 2026 y ampliamos la lupa hacia las realidades metropolitanas, podemos ver cómo esta modalidad ontológica se ha infiltrado para mediar en los vínculos y el entendimiento de la vida. Las bases de la argumentación liberaloide surgen del axioma falaz de la “no dependencia”; una ficción donde el individuo se autopercibe como un átomo autosuficiente que nada le debe al entramado social.
En este proceso, diversos sectores del progresismo vernáculo terminaron siendo funcionales a este axioma. Al priorizar una retórica de autorrealización muchas veces narcisista y una lectura de los lazos tradicionales exclusivamente como estructuras de opresión, se descuidó la defensa de las instituciones comunitarias —la sobremesa, las mutuales, las sociedades de fomento—. Sin advertirlo, se fue validando un software del individualismo que el mercado, ahora bajo nuevas ropas políticas, terminó de capitalizar para demoler el sentido de lo colectivo.
No se trata de una culpabilidad única, sino de una confluencia donde el “Otro” empezó a ser visto como una carga o una interferencia en el desarrollo de un Yo que se pretende soberano, pero que termina siendo apenas un consumidor aislado, listo para ser procesado por la minería de datos. Es la política convertida en tanatopraxia: maquillar el cadáver de lo social para que parezca que todavía hay algo vivo en la autonomía de nuestras celdas.
Este paradigma de la gestión alcanza su punto más perverso al aterrizar en las escuelas de la Ciudad de Buenos Aires bajo el caballito de batalla de la “Gestión de las Emociones”. Aquí, el conductismo más crudo se disfraza de cuidado para sembrar una pedagogía de la resignación. Los tecnócratas —esa cara visible y aséptica de los sádicos que operan en las sombras de la ingeniería social— han entendido que, para que el desierto prospere, hay que patologizar el conflicto. Ya no se trata de educar sujetos capaces de transformar su realidad junto a otros, sino de entrenar individuos que sepan “autorregularse” como quien calibra un termostato. Es una operación de vaciamiento ontológico: se enseña a los chicos a ser los administradores de su propia miseria afectiva, convirtiendo la pulsión de vida, que es siempre vincular y ruidosa, en un silencio profesionalizado y medicado.
El Ecotono: hacia una clínica de lo colectivo
Ante tamaña situación, el autor, que es parte de un colectivo mayor, propone el rescate de este noble término proveniente de la biología y que aplica a la ecología profunda: el Ecotono. En la naturaleza, el ecotono es ese espacio de transición donde dos ecosistemas distintos se encuentran, chocan y conviven; es una zona de máxima tensión, pero también de máxima biodiversidad y potencia creativa. No es el aislamiento del desierto ni la homogeneidad del laboratorio; es la riqueza del borde, de la fricción.
Frente a la autonomía del cadáver, reivindicamos la “clínica de lo colectivo” como un acto de desobediencia epistémica. No necesitamos gestionar nuestras emociones en soledad; necesitamos habitarnos en la interdependencia. Recuperar el Ecotono significa volver a la sobremesa que se extiende hasta la madrugada, a la mutual que sostiene al que cae, a la sociedad de fomento donde el conflicto se resuelve cara a cara. La verdadera salud no es la autorregulación narcisista, sino la capacidad de ser afectados por el “Otro”. Solo en esa zona de contacto, en ese roce incómodo y vital que los tecnócratas intentan erradicar, es donde puede volver a germinar una política de la vida. Somos la comunidad que inventa en el pliegue, allí donde el “Yo” finalmente se rompe para que, por fin, pueda nacer un “Nosotros”.
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