(sobre Shopping and fucking y otras piezas teatrales de Mark Ravenhill, Buenos Aires, Colihue, 304 páginas)
Imaginen un escenario donde el amor cuesta lo mismo que la heroína, donde la intimidad se cotiza en efectivo y los vínculos humanos tienen fecha de vencimiento. Imaginen que ese escenario no es una distopía futura sino el Londres de 1996, apenas exagerado. Así comienza Shopping and Fucking, el ¿drama? que convirtió a Mark Ravenhill en una figura incómoda pero sobresaliente de su generación.
Hay obras que no piden permiso para entrar. Shopping and Fucking es un retrato brutal, directo y sin concesiones de la sociedad contemporánea. En catorce escenas fragmentadas, tres jóvenes londinenses —Mark, Robbie y Lulu— navegan un mundo donde el amor, el sexo y las relaciones humanas han sido enteramente colonizados por la lógica del mercado. O por la ilógica. ¿No suena a un algoritmo conocido? El dinero no es aquí un tema: es el idioma en que se habla todo lo demás. No por nada la obra dialoga con una larga tradición de la escena occidental: desde el Volpone de Ben Jonson hasta el Woyzeck de Büchner, pasando por supuesto por Shakespeare, Goethe y el inabarcable barroco español. Pero Ravenhill injerta esa tradición aquí y ahora: sus personajes no pueden dejar de contar pequeñas historias individuales, fragmentos de una identidad que el capitalismo tardío ha vaciado de contenido. Porque no sólo los grandes relatos ya son cenizas, la idea de que nos hemos quedado sin historias colectivas potencia la insignificancia de que nos limitemos a narrar las propias, como loros obedientes, con retazos de sexo, desasosiego y consumo. Suena a Fisher, sí, pero es otro Mark y estamos en los 90.
Mark Ravenhill nació en 1966 en el sur de Inglaterra. Estudió Artes Dramáticas en la Universidad de Bristol. En una entrevista contó que de chico hacía obras en su habitación: fabricaba los decorados, escribía los textos, actuaba y luego llamaba a los vecinos para que fueran a ver. Antes de convertirse en dramaturgo, trabajó de acomodador en la English National Opera, donde coleccionaba los programas que el público dejaba olvidados para leerlos después. Esa formación heterodoxa —teatro de garaje, ópera por ósmosis, universidad, escritura— explica la singularidad de su voz. En 2021 fue designado codirector artístico del King’s Head Theatre de Londres, con foco en la promoción de obras queer y LGBTQ+. Ravenhill también adaptó a Brecht y a Voltaire, escribió libretos de ópera y colaboró con la BBC.
Esta edición de Colihue incluye además Fausto ha muerto (1997), que traslada el símbolo y los tópicos de Goethe a la figura de un pensador francés que filosofa en el desierto, mientras la televisión y el consumo reemplazan cualquier pacto con el diablo; Bolso de mano (1998) que entrelaza la historia de dos parejas, una gay, otra lésbica, en una interesante entrevero con La importancia de llamarse Ernesto de Wilde y un bebé que muere por descuido y, finalmente, Algunas fotos explícitas, (1999), en la que Nick, un activista de izquierda encarcelado en 1984 y recién liberado, cuya rigidez marxista resulta incompatible con la nueva Gran Bretaña del consumo y la política light, recuerda, por momentos, a Valentín, ese espeso personaje de Puig.
Juntas, las cuatro obras forman algo parecido a una tetralogía no declarada: el mapa de una época en que el mercado colonizó no solo la economía sino el deseo, la identidad y la memoria política. Nada muy lejos de nuestro triste mundo.
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