LECTURA

24 de Abril de 2026

El recomendado de la semana: “Algo de vos llega hasta mí”

(sobre Una casa sola, de Selva Almada, Buenos Aires, Random House, 2026, 160 páginas)

¿Se puede contar sin viajar? ¿De qué historias estamos hechos? Walter Benjamin reivindicaba al narrador sedentario: aquel que conoce las historias del territorio porque nunca lo abandonó, que acumula experiencia más que información, capas de tiempo vivido que no se resumen en un simple anecdotario sino que se depositan y sedimentan. Nuestra época —acostumbrada al narrador que viaja, investiga,  y/o persigue— tiende a leer esa figura como un residuo del siglo pasado. Una casa sola, la nueva novela de Selva Almada, demuestra que una lectura de ese tipo podría resultar engañosa o, acaso, inexacta.
La narradora de esta novela no puede moverse. Es una casa deshabitada tras la misteriosa desaparición de Lucero, un peón del monte, y su familia. Mientras el territorio recupera lo que le fue tomado —la vegetación avanza, los animales convierten sus rincones en madrigueras, los insectos colonizan las vigas—, ella hace memoria: sabe lo que vio, lo que olió, lo que sintió en sus entrañas cuando había alguien dentro.

Pero la memoria de ese espacio no empieza con el peón y su familia. Antes pasaron los ecos de un caudillo asesinado en su propia casa, gauchos, desertores de guerra, incluso, la mujer de un estanciero que torció su destino al cruzarse con un indio: figuras que no necesitan ser convocadas porque nunca terminaron de irse. No son fantasmas en un sentido gótico; son materia del lugar; lo que Benjamin llamaba experiencia frente a mera vivencia: no el dato que se recuerda sino la capa que permanece, que pesa, que modifica todo lo que viene después. El espacio narra porque acumuló; y acumuló mucho antes de que Lucero la habitara.
Selva Almada nació en 1973 en Villa Elisa, Entre Ríos, y su literatura surge de la misma forma que se manifiesta el territorio que habitan sus historias: densa y precisa. Su obra anterior traza un mapa reconocible: El viento que arrasa (2012), donde un predicador evangelista y su hija quedan varados en un taller mecánico en medio del monte; Ladrilleros (2013), la historia de dos familias enemigas en un pueblo del norte y el amor clandestino entre sus hijos varones en un contexto asfixiante; y No es un río (2020), tres hombres en una isla del Paraná y la violencia que el agua no alcanza a lavar. En Una casa sola la densidad deviene arquitectura: cada frase carga con el paisaje, cada silencio pesa tanto como lo que se dice. Había sido antes un refugio de peones golondrina, un paradero de arrieros, un techo sin nombre; recién cuando Lucero trajo a su familia empezó a sentirse realmente una casa. Y ahora que ellos no están, vuelve a ser —con la paciencia del monte— algo anterior a sí misma.

La casa de Almada reivindica la estirpe del narrador como archivo vivo de lo que pasó por ella, narra no para resolver el misterio sino para dar testimonio de que hubo algo —alguien— que merece ser recordado.


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