Los episodios de violencia y amenazas en escuelas ya no son excepcionales ni locales: se repiten en distintos puntos del país. Sin embargo, es en la provincia de Buenos Aires donde la respuesta oficial permite ver con mayor claridad un problema estructural. El sistema no carece de herramientas: carece de decisión política para actuar antes.
/ por Fernando Bonforti
Un problema que atraviesa al país, una respuesta que expone a la Provincia
Los episodios recientes de amenazas y situaciones de violencia en escuelas no son hechos aislados ni circunscriptos a un territorio específico. Se han registrado en distintas provincias, en contextos diversos, con características propias, pero con un denominador común: la aparición de conflictos que escalan hasta volverse visibles.
Sin embargo, es en la provincia de Buenos Aires donde la respuesta institucional permite observar con mayor nitidez el funcionamiento del sistema.
En los últimos días, el gobierno bonaerense difundió un comunicado oficial y una propuesta pedagógica destinada a trabajar con estudiantes sobre violencia, amenazas, desafíos y convivencia.
Leídos por separado, ambos materiales resultan correctos. El comunicado organiza la intervención. La propuesta didáctica promueve la reflexión.
Pero analizados en conjunto, dejan al descubierto algo más profundo.
No corrigen el problema.
Lo confirman.
Un sistema preparado para reaccionar
El comunicado oficial indica con claridad qué hacer ante la aparición de amenazas: dar aviso, activar protocolos, intervenir con equipos de orientación, articular con el sistema de seguridad, evitar la viralización de los mensajes.
Es una respuesta ordenada. Técnica. Previsible.
Pero tiene un punto en común en cada una de sus líneas: todo comienza después.
Después de la amenaza.
Después del mensaje.
Después del miedo.
El eje no está puesto en evitar que estas situaciones ocurran, sino en cómo actuar cuando ya están en curso.
Y ahí es donde la discusión deja de ser administrativa para volverse política.
Porque un sistema que organiza con precisión la respuesta, pero no logra anticiparse al problema, no está fallando en la ejecución.
Está fallando en el diseño.
La pedagogía que llega tarde
La propuesta de trabajo con estudiantes va en la misma dirección, aunque desde otro lugar.
Plantea preguntas necesarias:
¿Qué es una broma?
¿Cuándo deja de serlo?
¿Qué es una amenaza?
¿Qué es un delito?
¿Qué responsabilidades implican nuestras acciones?
Promueve el debate, la reflexión colectiva, la construcción de acuerdos. Busca generar conciencia, habilitar la palabra, fortalecer la convivencia.
Es, en términos pedagógicos, una buena propuesta.
Pero aparece en un momento específico: cuando el conflicto ya existe.
Cuando las amenazas circularon.
Cuando el miedo se instaló.
Cuando la situación dejó de ser potencial para volverse real.
No es una política de prevención.
Es una intervención posterior.
El problema no es la falta de herramientas
Uno de los argumentos más repetidos frente a estas situaciones es que el sistema educativo no cuenta con recursos suficientes. Sin embargo, estos materiales muestran algo distinto.
El sistema sabe qué hacer. Tiene protocolos. Tiene equipos. Tiene propuestas pedagógicas.
Tiene marcos normativos.
El problema no es la ausencia de herramientas. El problema es el momento en que se utilizan.
Porque cuando todas las respuestas se activan después, incluso las mejores decisiones llegan tarde.
El desplazamiento del foco
En ambos documentos aparece un movimiento que no es menor.
Se insiste en no viralizar los mensajes, en evitar la amplificación del miedo, en la responsabilidad de estudiantes y familias, en la necesidad de sostener la calma.
Nada de eso es incorrecto. Pero desplaza la discusión.
El problema deja de estar en las condiciones que producen estas situaciones y pasa a ubicarse en cómo circulan, cómo se amplifican o quiénes participan.
Es una forma sutil de correr el eje. Porque permite intervenir sobre los efectos sin discutir las causas.
Una discusión que no es nueva (y una decisión que nunca se tomó)
Después de la tragedia de Carmen de Patagones en 2004, el sistema educativo argentino abrió un debate profundo sobre violencia escolar, salud mental, señales previas e intervención temprana.
Se habló de prevención.
Se habló de acompañamiento.
Se habló de articulación con otros organismos del Estado.
Han pasado más de veinte años.
Y la escena que hoy se repite - en distintas provincias, con distintos nombres - es, en esencia, la misma.
No porque el problema no haya sido comprendido.
Sino porque nunca se asumió el costo político de transformarlo.
Ningún gobierno - de distinto signo, en distintos niveles - tomó la decisión de construir un sistema que llegue antes.
Porque hacerlo implica invertir recursos sostenidos, reorganizar prioridades y asumir riesgos en territorios complejos.
Es más fácil gestionar la emergencia que prevenirla.
Y esa elección, sostenida en el tiempo, también es una forma de política.
La escuela en soledad
Mientras tanto, las escuelas siguen sosteniendo una carga creciente de responsabilidades.
No solo enseñan.
Contienen. Detectan conflictos. Intervienen. Acompañan situaciones complejas.
Y lo hacen, muchas veces, con equipos insuficientes, tiempos fragmentados y articulaciones débiles con otros sectores del Estado.
La consecuencia es previsible.
La intervención llega cuando el conflicto ya desbordó.
No por falta de compromiso. Sino porque el sistema no está diseñado para llegar antes.
Detectar no es prevenir
Uno de los puntos más reveladores del discurso oficial es la insistencia en la “detección”.
Detectar mensajes, detectar situaciones de riesgo, detectar conflictos.
Pero detectar no es prevenir. Detectar implica que algo ya comenzó.
Que el problema ya está en movimiento.
La prevención, en cambio, supone otra lógica: presencia sostenida, seguimiento, construcción de vínculos, intervención antes de la escalada.
Eso es lo que no aparece.
Cuando la política es el protocolo
En ausencia de una estrategia preventiva sostenida, los protocolos terminan ocupando el lugar de la política.
Organizan la acción. Definen pasos. Distribuyen responsabilidades. Pero lo hacen sobre un escenario ya dañado.
El protocolo no evita el conflicto. Lo administra.
Y cuando un sistema convierte la administración del conflicto en su principal forma de intervención, lo que aparece como excepcional empieza a repetirse.
No es un hecho aislado
La narrativa del caso aislado resulta cada vez más difícil de sostener.
Lo que ocurre en Buenos Aires no es distinto de lo que ocurre en otras provincias.
Es, en todo caso, más visible.
Las amenazas, los episodios de violencia, las situaciones que escalan no son eventos desconectados.
Son expresiones de una misma lógica. Una lógica en la que el sistema llega siempre después.
Después del síntoma. Después del conflicto. Después del daño.
El problema no es no saber
Hay algo que estos días dejan en evidencia con claridad. No estamos frente a un sistema que no sabe qué hacer. Estamos frente a un sistema que no decide hacerlo a tiempo. Y esa diferencia es decisiva.
Porque cuando la intervención empieza después, ya no se trata de evitar el daño. Se trata de gestionarlo.
El fracaso que se repite
Los comunicados ordenan.
Las propuestas enseñan.
Los equipos intervienen.
Pero todo ocurre en el mismo momento: cuando el problema ya está presente.
Por eso, más que una respuesta, lo que aparece es una confirmación.
El sistema funciona. Pero funciona tarde.
Y cuando durante años ningún gobierno asumió el riesgo de cambiar esa lógica, lo que fracasa no es la intervención.
Es la decisión. Porque no es que no haya respuestas. Es que llegan cuando ya no alcanzan.
Lic. Fernando Bonforti
Analista del sistema educativo
Consultor en gestión educativa y estrategia pedagógica
Director de FB Educación & Gestión
Instagram: fb.educacion.gestion
WhatsApp: +54 9 11 22354065
Estamos en Facebook danos un me gusta!