LECTURA

12 de Junio de 2026

El recomendado de la semana: “Por qué será que no me quiere Dios”

(sobre El camino de la santidad, de Lucía Alba Ferrara, Futurock, 2026, 168 páginas)

“¡Penitenciagite!” grita Salvatore en la singular abadía benedictina imaginada por Umberto Eco, y si no fuera porque en El nombre de la rosa la risa, vaya paradoja, es algo serio, uno tendría que pensar que del humor no puede hablarse sin caer en las trampas de la historia. Lucía Alba Ferrara, neurocientífica, escritora y —según se presenta ella misma en Instagram— refutadora de leyendas, parece haber leído en las aporías de lo sagrado las señales de un camino mordaz, el de “una comedia hagiográfica sobre una santa apócrifa”, según sus propias palabras. La narradora protagonista de El camino de la santidad, novela ganadora del premio Futurock 2025, se imaginará a sí misma como Guillermo de Baskerville apenas comenzamos a leer. El gesto es irónico pero no gratuito: Guillermo investiga los signos para llegar a la verdad; Macedonia Berry los produce para ser leída como santa. La diferencia es técnica pero no menor, y define el tono de todo lo que sigue.
Habrá entonces un plan inicial: ni bien Macedonia descubre que en la universidad del Opus Dei en la que trabaja todo el mundo sospecha que ella no tiene sexo, no pierde un segundo en la autocompasión y reconvierte, con la velocidad propia de una Esperanza Hóberal, la supuesta carencia en estrategia. No por nada la historia transcurre en un territorio donde la hipocresía deja de ser un defecto moral para volverse un sistema de producción de identidad, y donde la envidia, lejos de ser un pecado capital, deviene en el combustible que mantiene la rueda en movimiento. Macedonia opera en el ecosistema particular del medio pelo católico argentino, sus instituciones, sus berretadas, sus jerarquías y sus ritos de consagración y derrota. Así, ante el fracaso del plan inicial, buscará otros, siempre teniendo como norte un deseo de trascendencia difícilmente explicable por fuera de la mística o de la sátira. Nos encontraremos entonces con una galería de personajes digna de un bestiario freak: una pobre enfermera, un bebé, un santurrón que no se deja seducir, un investigador en apuros, un estudiante suicidado, un cura villero, una ex compañera a la que le importa más Tinder que los laureles, huérfanos domésticos y de afuera, religiosas ucranianas, un albañil hot y hasta un millonario escocés más cerca del arpa que de la guitarra, y aun así dispuesto a casarse. Eslabones de una cadena de conflictos que la novela narra con una combinación de horror y regocijo que recuerda, en sus mejores momentos, al Lodge de El mundo es un pañuelo o Intercambios, con ese tono en que la academia se revela como el único ambiente donde ciertas conversaciones aberrantes pueden sostenerse con total seriedad.

En la novela de Alba Ferrara la lógica del simulacro se cumple con rigor borgiano: la prosa fluye y las palabras circulan como balas, con la pólvora mojada por la ironía. El lenguaje de Macedonia es un estilete que subvierte el orden de la trama, que por momentos siega y por momentos pisa, tanto el orden de las cosas como los sentidos a los que, por una mera cuestión de fe o simple pereza, terminamos acostumbrándonos. Daniel Guebel, al otorgar el premio Futurock, describió la novela como la inversión de un refrán: si el camino del infierno está lleno de buenas intenciones, el camino de la santidad de Macedonia está lleno de las peores. Es una descripción exacta. Nadie en El camino de la santidad es inocente.


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