LECTURA

19 de Junio de 2026

El recomendado de la semana: “Los días que no se cuentan”

Sobre Veinte días con Julián y conejito, de Nathaniel Hawthorne, Ediciones UDP, 2022. Prólogo de Alejandro Zambra.

A fines de julio de 1851, Sophia Hawthorne viaja a Boston con sus dos hijas y deja en la casa familiar de Lenox, Massachuset s, a su marido Nathaniel al cuidado de Julián, de cinco años, y de la mascota del niño: un conejo. Hawthorne —autor de La letra escarlata, escritor consagrado, el hombre que ese mismo año ha trabado amistad con Melville y a quien éste le dedicará Moby Dick— se queda solo con un chico y un animal. Durante veinte días lleva un registro de esa convivencia. No escribe para publicar. Escribe, en todo caso, para Sophia: el diario es también una larga carta a la madre ausente, una forma de decirle que todo está bien, que el niño duerme, que comieron, que el tiempo estuvo nublado.
No estaría mal pensar que Alejandro Zambra escribe el prólogo de este libro no con la distancia del crítico sino desde el reconocimiento inmediato del que lee y encuentra un espejo. Zambra es padre y escritor, y en las páginas de Hawthorne ve algo que le resulta familiar: la perplejidad de estar ahí, presente, sin saber del todo qué hacer con esa presencia. Ese gesto de identificación no es accesorio al libro; es, en cierta forma, la primera instrucción de lectura. Porque Veinte días con Julián y conejito es exactamente eso: un espejo. Y como todo espejo, devuelve la imagen de aquél que se atreva a mirarse.

Lo que resulta de eso es este libro peculiar, a medio camino entre el apunte doméstico y la reflexión involuntaria. Hawthorne no parece proponerse ninguna profundidad: anota lo que hacen. Van a buscar la leche. Julián dice algo gracioso. El conejito existe en algún rincón. Y sin embargo, en esa acumulación de días ordinarios, algo se va sedimentando que tiene la textura de lo verdadero. La paternidad aparece aquí sin el barniz de la épica ni la solemnidad del deber: es cansancio y ternura mezclados, es el alivio genuino cuando el chico por fin se duerme, es el descubrimiento de que un niño de cinco es capaz de agotar a cualquiera.
Eso es precisamente lo que Zambra advierte en su prólogo: que en las cavilaciones de este padre atípico del siglo XIX hay más sustancia y más futuro que en muchos retratos contemporáneos de la paternidad. No porque Hawthorne construya una imagen de sí mismo como padre ejemplar o reflexivo, sino porque no construye ninguna imagen. Simplemente está ahí, anotando, presente de una manera que la literatura de esa época —y buena parte de la nuestra— rara vez se permitió registrar. Y esa ausencia de pose es lo que hace que el libro cruce el tiempo sin envejecer.

Veinte días con Julián y conejito es un libro breve que se lee en una tarde. Pero es el tipo de libro que sigue después, que aparece cuando uno está haciendo algo intrascendente y piensa en cómo Hawthorne también estaba haciendo algo intrascendente y también lo anotó. Hay libros que enseñan a leer lo grande y libros que enseñan a mirar lo pequeño. Este pertenece al segundo grupo. Y en eso radica su extraña permanencia: en haber convertido, sin proponérselo, lo más perecedero en algo que todavía circula, todavía encuentra lectores, todavía dice algo que vale la pena escuchar.
Lo que queda al final no es una enseñanza sobre la paternidad ni una reflexión sobre el tiempo. Queda, más bien, la imagen de un hombre escribiendo de noche. Y la certeza, un poco incómoda, de que esos días que no cuentan son, a menudo, los únicos que realmente importan.

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