LECTURA

26 de Junio de 2026

El recomendado de la semana: “La plenitud ya no te pertenece”

(sobre La plenitud de la señorita Brodie, de Muriel Spark, Pre-textos, 2025, 220 páginas)

Hay un tipo de influencia que no se ejerce mediante el miedo ni la autoridad formal, sino mediante algo más difícil de nombrar y más difícil de sacudir: el encantamiento. Jean Brodie no manda. Brodie seduce, ilumina, elige. Convoca a sus alumnas —las mejores, las suyas— a un círculo de excepción donde el mundo ordinario del colegio Marcia Blaine queda reducido a ruido de fondo. Las educa en el arte de ser distintas. Y en esa educación, sin proponérselo o quizás proponiéndoselo del todo, las convierte en el único material capaz de destruirla.

La plenitud de la señorita Brodie, publicada en 1961 y ahora disponible en una cuidada edición de Pretextos, es una novela breve que opera con la precisión de un mecanismo de relojería. Muriel Spark fragmenta el tiempo con deliberada insolencia: sabemos desde casi el principio que algo se quiebra, que la carrera de Brodie terminará antes de que ella lo anticipe, que la plenitud del título es también una forma de límite. Esa anticipación no cancela la tensión; la multiplica. Leer la novela es asistir a un proceso cuya sentencia ya conocemos pero cuyas razones permanecen, hasta el final, incómodamente abiertas.

Lo que Spark no construye entre Brodie y sus alumnas como una simple dinámica de poder es precisamente lo que hace más difícil de resolver. El vínculo tiene capas: hay fascinación genuina, hay gratitud, hay algo que en otro contexto podríamos llamar amor. Brodie les habla de Giotto y de los amantes que perdió en la guerra, les enseña que la mediocridad es el peor de los pecados, les abre ventanas hacia un mundo más amplio y más peligroso. El problema —y aquí Spark es implacable— es que ese mundo incluye a Mussolini y a Franco, que Brodie admira con una ingenuidad política que la novela no condena abiertamente pero tampoco absuelve.
Es en ese espacio donde la tensión se vuelve insoportable: ¿qué hace una alumna que aprendió a ver con precisión cuando lo que ve en su maestra no resiste ese escrutinio? La novela no entrega motivaciones limpias ni convierte a nadie en heroína ni en Judas. Lo que queda es algo más incómodo: la posibilidad de que quien más aprendió de Brodie sea también quien más necesite deshacerse de ella, no a pesar de la admiración sino a causa de ella.

La novela plantea así preguntas que permanecen sin respuesta y que son, quizás, su mayor logro: ¿puede una educación ser genuinamente liberadora si quien la imparte espera, en el fondo, lealtad incondicional? ¿La plenitud de Brodie depende de sus alumnas o las consume? ¿Podría alguien que aprendió verdaderamente a pensar por sí misma no llegar, tarde o temprano, a un punto de ruptura con quien le enseñó a hacerlo? Spark no responde. Cierra con una imagen que deja que cada lector decida qué hay al fondo de ese gesto final: culpa, liberación, o algo para lo que todavía no tenemos nombre.


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