LECTURA

03 de Julio de 2026

El recomendado de la semana: “Los días donde vivimos”

(sobre Cuarteto de otoño, de Barbara Pym, Gatopardo Ediciones, 2024, 240 páginas)

Barbara Pym pasó dieciséis años sin editor. Escribía igual, novela tras novela sobre solteronas de parroquia inglesa, vicarios y comités de té, mientras el mercado editorial de los 60 y 70 decidía que ese mundo ya no le interesaba a nadie. Cuarteto de otoño, publicada en 1977, es la novela que la trae de vuelta, y lo hace narrando algo parecido a lo que a ella misma le había pasado: Edwin, Letty, Marcia y Norman, los cuatro empleados de oficina que protagonizan el libro, están por jubilarse, y la inminencia de ese final no se vive como drama sino como una serie de gestos mínimos —un té mal servido, una conversación que no llega a intimidad— que van cercando una pregunta sobre el tiempo sobrante. Fue justamente el poeta Philip Larkin, junto con Lord David Cecil, quien la rescató del silencio nombrándola en el Times Literary Supplement como la escritora inglesa más subestimada del siglo; no por generosidad gratuita, sino porque reconoció en ella una sensibilidad que él mismo cultivaba en verso.
Esa sensibilidad compartida se cifra en una pregunta que Larkin no dejó de hacerse en verso: qué hacer con el tiempo cuando deja de estar organizado por el trabajo, por la ambición, por el futuro. Letty y Marcia, las dos mujeres del cuarteto, encarnan dos respuestas posibles y ninguna consoladora: una acepta la soledad como estado administrable, casi doméstico; la otra se hunde en una excentricidad que la narración observa con una piedad que nunca se permite la lástima. Pym, como Larkin, desconfía de la grandilocuencia: no hay allí un lenguaje del duelo que se sepa a sí mismo trágico, sino una prosa que se detiene en lo mínimo sin perdonarle nada.

Lo curioso es que la afinidad Pym-Larkin no es sólo temática sino de método: los dos trabajan por acumulación de detalles antes que por revelación, los dos desconfían del sentimentalismo y sin embargo los dos terminan produciendo, contra toda su sequedad declarada, una compasión genuina hacia sus criaturas. Si la vejez larkiniana es ese territorio donde el tedio muta en algo más parecido al miedo, la vejez de Pym es más doméstica, más soportable, quizás porque está mirada desde el costado femenino de la oficina inglesa, ese lugar donde las mujeres solteras de cierta edad habían aprendido, mucho antes que los poetas, a hacer de la rutina una forma de dignidad.
Y, sin embargo —porque toda recomendación decente tiene que dudar de sí misma antes de cerrarse— cabe preguntarse si esa dignidad no es también una forma de resignación que la crítica feminista posterior le reprocharía a Pym: ¿celebra la novela la capacidad de sus personajes para sobrevivir con poco, o denuncia, sin decirlo, un mundo que a esas mujeres nunca les ofreció otra cosa que sobrevivir con poco? Larkin, que nunca tuvo que hacerse esa pregunta sobre sí mismo, quizás la haya esquivado también en su lectura de Pym. Ahí es donde la novela, cuarenta años después, sigue incomodando.

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