(sobre El año que hablamos con el mar, de Andrés Montero, La pollera, 2024, 224 páginas)
Comala, decía Rulfo, es un pueblo lleno de ecos, un lugar donde los muertos siguen hablando porque nadie terminó de enterrarlos del todo: murmullos que se filtran por las paredes, ánimas que necesitan que alguien las escuche para no quedar definitivamente perdidas. Andrés Montero, en El año que hablamos con el mar, parece tomar ese mismo pacto entre los vivos y sus muertos y desdoblarlo en un gesto de una literalidad asombrosa: la isla tiene dos cementerios. Uno guarda los cuerpos, la carne que ya no reclama nada. El otro guarda a los que no tienen cuerpo que llorar —ahogados, desaparecidos, quién sabe qué otra cosa— pero sí, y sobre todo, tienen historia: un lugar para el alma que solo puede seguir existiendo si alguien, cada noche, se sienta a nombrarla. Ahí está la clave rulfiana de la novela, pero invertida: no son los muertos los que hablan solos en la orfandad de un pueblo fantasma, sino los vivos que sostienen, con el relato, a esos muertos sin sepultura posible.
En esa isla habita también la familia Garcés, cargando desde hace generaciones con un pacto que el abuelo hizo con el diablo y cuyas condiciones nadie recuerda del todo. Y es que ese olvido parcial no le hace ningún daño a la historia: al contrario, la alimenta. Como pasa con la campana de oro, hundida desde la época de la conquista que alguien jura haber escuchado repicar bajo el agua, la verdad exacta del pacto importa menos que la insistencia en seguir contándolo. Se narra porque narrar es la única forma de que lo que no tiene cuerpo —el ahogado, la deuda vieja, el hermano ausente durante cincuenta años— no termine de disolverse en el silencio.
Y el silencio, acá, es el verdadero antagonista. La isla sobrevive narrativamente porque cada noche, en la taberna varada de un barco encallado, sus habitantes eligen las palabras por sobre el mutismo: es un ritual casi conjuratorio, una forma de mantener a raya ese vacío que —como el de Comala— amenaza con tragarse a todos si nadie sostiene la conversación. En ese sentido, la isla sin nombre de Montero funciona como el escenario perfecto: un lugar tan cercado por el mar como Comala lo está por su propio páramo, donde no queda otra salida que contar para seguir existiendo.
Pero Montero introduce una vuelta de tuerca que Rulfo no necesitaba: uno de los hermanos Garcés sí salió. Se fue a buscar historias por el mundo, como fotógrafo, como cronista, como testigo profesional de vidas ajenas —y terminó atrapado, por una pandemia, en la única isla de la que se había escapado. La paradoja es cruel: viajó por el mundo para terminar preso otra vez en el cementerio de las almas sin cuerpo, ese que su propio hermano, el que nunca se fue, custodió todos estos años. Como si la única historia verdaderamente inevitable fuera siempre la de origen, y salir a buscarla afuera no es más que una forma larga y postergada de volver a quedar atrapado en ella.
Estamos en Facebook danos un me gusta!