(sobre Breve historia de la fotografía, de Walter Benjamin, Casimiro Libros, 2011, 64 páginas)
"No hay matrimonio del que no se dé cuenta con la imagen de una pareja en traje de boda; no hay nacimiento en que el niño de días no sea llevado frente al objetivo; en algunas decenas de años, el hombre que llegará a ser podrá sorprenderse y enternecerse frente a la imagen de ese bebé del cual gastó su futuro", escribe Paul Valéry en 1939, pensando la fotografía como un rito de paso, una prueba material de que algo ocurrió. Ese "matrimonio del que se da cuenta" suena hoy casi arcaico: de manera semejante a los recuerdos, las imágenes, antes excusas perfectas para ovillar historias alrededor de una magdalena embebida en té, dejaron de ser cosas que se guardan y se heredan para volverse no cosas que se producen y se descartan en el mismo gesto, flujos de autorreferencia que ya no necesitan testigos ni posteridad. No en vano vivimos en la época de Instagram, TikTok y Byung-Chul Han. Aún así, entre esos dos extremos —la foto que fija un rito para un futuro que todavía no llegó, y la selfie que se consume en el instante en que se toma— vale la pena volver al principio, cuando la fotografía aún no sabía bien qué era. De eso se trata esta bellísima edición de Breve historia de la fotografía.
Ante un retrato, el poeta Stefan George escribe: “¿Cómo esos cabellos y esa mirada / sedujeron a seres de antes? / ¿cómo besó esa boca cuyo deseo / sin orden se enreda como humo sin llama?" Y aquí el lector podría empezar a preguntarse si la fotografía habla desde un lugar que ya no existe o sólo conserva el aura de lo que se sabe muerto. Benjamin nos dirá que con el auge del retrato burgués de estudio, con sus cortinados, columnas de cartón y retoques que disimulan la aspereza de la placa, el aura se apaga: la fotografía se vuelve oficio y pierde el instante irrepetible que persigue. Reaparecerá, sostiene, con Eugène Atget, que fotografía las calles vacías de París como quien fotografía la escena de un crimen; con August Sander, que clasifica los rostros de sus contemporáneos como si armara un atlas fisonómico de una época entera; y con Karl Blossfeldt, que agranda un simple cardo hasta revelar una arquitectura que el ojo humano jamás hubiera sabido ver por sí solo.
Es en una foto de Blossfeldt —Dipsacus Laciniatus, 1928— donde Benjamin localiza lo que llama el inconsciente óptico: así como el psicoanálisis revela un inconsciente pulsional que ignorábamos, la cámara, agrandando, deteniendo, aislando el detalle, revela una naturaleza óptica de la que tampoco sabíamos nada. Y algo de ese no saber hay en Blossfeldt, cuya mirada, pese a la sorpresa que produce, sigue siendo una mirada de catálogo, de atlas botánico: se parece, en esto, a la fotografía científica que reivindica el propio Valéry, esa idea de la cámara como instrumento que corrige y disciplina al ojo humano.
Valga por caso la foto de Kafka niño: el traje de terciopelo casi ridículo, la palmera de utilería, el fondo de estudio pensado para disimular la pobreza del gesto. A primera vista, parece la fotografía burguesa en su forma más impostada. Benjamin se detiene ahí, en la "tristeza infinita" de esos ojos, como si la imagen supiera algo de su propio destino que el niño fotografiado todavía no podía saber.
Y quizá la tristeza de esos ojos no sea otra cosa que el tiempo de la pose: sostener una mirada durante los largos segundos que exigía la placa temprana es ya, de algún modo, una forma de vigilia, una espera de algo que no llegó. He ahí la cuestión: la fotografía nos mira, pero no puede vernos, fija para siempre un ojo que ya no está, dirigido a un futuro que, para quien la mira ahora, es simplemente el presente.
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