Historia local

08 de Febrero de 2024

El secreto de Don Luis Güerci

La trama familiar alrededor de uno de los personajes más influyentes de la historia de Zárate, contado por su bisnieta.

/ Por Ivo Marinich - Autor de "Casa Güerci".

 

Un poco de contexto. En octubre del 2023 se publicó mi novela “Casa Güerci”, título que hace referencia a la casona centenaria de nuestra ciudad (Mitre y San Martín), hoy abandonada, perteneciente a un caudillo político local de la década infame, y que fue Centro Clandestino de Detenciones durante la última dictadura militar. La historia, que combina realidad y ficción, narra lo ocurrido en el subsuelo de esa casona durante una madrugada del año 1978.

A razón de esto, el pasado 15 de enero recibí el siguiente mensaje:

 

Hola. Mi nombre es Andrea Maldini y soy bisnieta de Luis Güerci”.

 

Luis Güerci, vale decirlo, cumple una función instrumental en la novela. Allí trazo un paralelismo entre sus andanzas mafiosas y antidemocráticas y el horror de la última dictadura militar, donde la casa, su casa, funciona como eje transversal. Nacido en Italia en 1868 y emigrado a la Argentina dos meses después, Güerci fue un político de raza, un caudillo conservador que, además de presidir la intendencia de la ciudad, ocupó una banca en el Senado, en la Cámara de Diputados y en la presidencia del Concejo Deliberante.

 

Luis Güerci, arquetipo del político de la década infame, matón que se hacía buches con la democracia y mandaba a intimidar votantes y fiscales y a adulterar urnas, murió en su ley en 1940, durante una jornada electiva, a causa de un balazo en la arteria femoral a la altura de la ingle izquierda. Según los testigos, luego de descender del vehículo, Güerci comenzó a gritarles que se corrieran a los hombres que esperaban en fila, desplazándolos con la mano, hasta que sonó el disparo. Cayó de rodillas, dicen. Toda muerte tiene algo de simbólico: moría de rodillas el caudillo, la sangre que en otros supo derramar avanzaba por las juntas de las baldosas, en la antesala a las urnas, en la puerta de acceso a la democracia”.

El mensaje, naturalmente, me sorprendió. Había trabajado dos años en una novela que llevaba el apellido de su bisabuelo sin saber que había tenido descendencia.

 

Mi padre siempre fue muy crítico de su abuelo. Me transmitió otros valores. Si querés te puedo contar algunas cosas que sé de Güerci”.

 

Esas dos líneas fueron suficientes para alimentar mi curiosidad. La repentina aparición de Andrea se me presentaba como una oportunidad para conocer el lado íntimo de esta figura trascendental en la historia de Zárate. Y no me equivocaba. Con ella, un secreto enterrado en las entrañas de la genealogía familiar.

 

Luego de idas y vueltas, acordamos una entrevista por videollamada. Andrea tiene 61 años, es psicóloga y vive en Capital Federal. A través de la pantalla se destacaban los ojos azules y el vigor y sentido de justicia con que cargaba sus palabras.

 

La semana pasada fui a Zárate por primera, después de encontrar tu libro y saber que esa casona fue un centro clandestino”, comenzó diciendo Andrea. Maldo, su padre, marxista de toda la vida y militante del PCR (Partido Comunista Revolucionario), siempre había criticado a su abuelo. “Decía que era un reverendo hijo de puta, un conservador con ideas de mierda que había hecho sufrir mucho a su abuela Rosa y a su madre”. Sin embargo, Andrea admite que no le prestaba mayor atención a estas vejaciones. “Papá hablaba y hablaba y una se ponía en piloto automático. No le daba bola, me aburría. Las veces que me invitó a Zárate siempre me negué. Criaba a mis hijos, trabajaba, estudiaba. Además, ¿qué tenía que ver yo con Zárate? Hoy le haría mil preguntas”. Maldo Luis Maldini falleció en 2018 sin saber que la “casa de la barranca”, como le llamaban en la familia, fue escenario de atrocidades inhumanas.

 

Para 1920, cuando finalizó la construcción de la casona, Luis Güerci había contraído matrimonio con Rosa Palacios, con quien tuvo dos hijas, María Luisa y Angélica.

Yo crecí escuchando una historia romantizada de mi abuela María Luisa. El relato era a papito lo sorprendió la muerte”, dice Andrea, mientras busca entre una pila de documentos y acerca a la cámara el certificado de defunción de su bisabuelo, fallecido el 3 de mayo de 1940 a las 17:40 horas por una herida de bala. Tenía 72 años.

La semana pasada fui a ver la casa. Me acompañó una amiga. No me animaba a ir sola, entonces le pedí a ella. Paramos en Campana. La idea era pasear un poco por la ciudad, dormir en Campana y al día siguiente visitar Zárate”.

 

Antes de narrar la visita a la mansión de sus antepasados, Andrea mencionó el sueño que tuvo esa misma noche. “Me estoy lavando las manos en una bacha y había algo pegajoso que no salía. Era sangre. Y yo trataba de limpiarme las manos bajo el chorro y miraba y me decía no es mi sangre. Es decir, en el sueño yo pensaba que había matado a alguien, que había hecho algo terrible, mientras trataba y trataba y no salía. Pero a la mañana siguiente se lo cuento a mi amiga y le encuentro otro sentido. Que no era mi sangre, si no la de mi bisabuelo, ¿entendes?”.

 

La psicóloga es ella, Andrea, pero que tire la primera piedra quien, ante la descripción de un sueño semejante, no lo asocie, aun ignorante en materia de procesos psíquicos, con el peso de una herencia sombría que atraviesa generaciones. De hecho, Andrea, al igual que su padre, rechaza todo lo que provenga de su bisabuelo. “Si pudiera extirparme el ADN de este tipo, lo haría. Pero bueno, no puedo”. Pareciera existir en ella un sentimiento de culpa irracional, una especie de remordimiento por el daño que causó un antepasado al que ni siquiera conoció, pero que, a su pesar, lleva en la sangre.

 

Siguió la visita.

 

Cuando llego se me viene el relato de mi abuela, lo feliz que había sido en esa casa de la barranca con papito y mamita, lo hermoso que era el lugar, todo ese cuento amoroso y romantizado fue borrado de repente por una sensación horrenda. Es la primera vez en mi vida que siento que de una casa sale algo monstruoso. Una sensación horrible”. Entonces me cuenta que es psicoanalista y deja bien en claro que no cree “en las energías, biodecodificación, espíritus y todas esas cosas”, que ella es más bien academicista, preámbulo necesario para lo que venía a continuación. “Yo te puedo asegurar que a medida que avanzaba hacia la casa sentía miedo, dolor, rechazo. No estuvimos más de 15 minutos. Nos fuimos mudas las dos. Eran las dos de la tarde, enero, y sentíamos como un frío. Las dos psicoanalistas, eh. Pero sentíamos lo mismo. Que teníamos algo impregnado al cuerpo, algo feo, que necesitábamos bañarnos para limpiarlo”.

 

¿Se puede tener una intimidad clandestina? Esa suerte de oxímoron es la clave del secreto de la familia Güerci. El dolor de Rosa, María Luisa y Angélica, bisabuela, abuela y tía abuela de Andrea en ese orden, se transmitió a través de las generaciones. Se manifestó en el inextinguible rencor de Maldo, en el desdén de Andrea. Dolor que iba más allá del pasado criminal de Don Luis Güerci, el asesino, el corrupto, el caudillo. Dolor por una herida que no era de bala o puñal, pero casi: de traición.

 

Este hombre vivía en la casona de Zárate con su mujer y sus dos hijas. Un día, no sé con qué excusa, se mudan a Capital. Pero él iba y venía, parte vivía en la casona y parte en Buenos Aires. Cuando muere, se enteran que todos los bienes que poseía estaban a nombre de otra mujer. Se destapa todo con su muerte. El tipo había dejado casas, terrenos, cuentas bancarias todo a nombre de una mujer con la que tuvo tres hijas”.

Andrea no sabe el nombre de la mujer. Ni los de las hijas. Sabe, sí, que era una empleada de hogar. Es decir, que Rosa, la esposa, la conocía. Andrea me muestra imágenes de su bisabuela y me pide que mire, que preste atención al dolor en la mirada. A María Luisa, su abuela, la define como la mejor persona de la familia. “Un sol, lo mejor del mundo. Es increíble que haya sido hija de ese hombre. Increíble”. Andrea aleja la figura de Luis Güerci de la órbita de sus seres queridos. “Mi padre siempre decía que él tenía como vedada la infidelidad, que no podía ser infiel, que no lo sería nunca, no después de ver los estragos que había causado en su madre y abuela”.

 

De su sangre, de esa exigua información genética, dice sentir vergüenza, sí, pero a la vez una distancia enorme. “Yo creo que el maleficio se cortó con mi abuela”. Me cuenta que un día se enteró que su padre también besaba las fotos de desaparecidos que salían en Pagina 12 durante la dictadura. Me lo cuenta, de nuevo, para distanciarse, para romper la cadena que inevitablemente la arrastra a su pasado. “Fue mi bisabuelo, no lo puedo evitar. Pero hay algo en la honestidad de mi abuela, de mi padre, en la mía, que interrumpe ese legado, que no lo deja avanzar”, dice, convencida. Luego repite “sí, el maleficio se cortó con mi abuela”.


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