/ por Adrián Quintero *
En el zoológico de cristal que llamamos "sociedad del rendimiento", el fenómeno therian ha comenzado a incomodar. No es para menos. Del griego thēríon (bestia), esta identidad que abraza la esencia animal aparece como un cortocircuito en la Matrix de la productividad. Pero lo más fascinante no es el fenómeno en sí, sino la reacción de los "normalizadores": esa horda de adultos postrados por el confort, rehenes de una lógica digital perversa, que se apresuran a diagnosticar psicosis desde sus sofás de diseño mientras deslizan el dedo, anestesiados, por una pantalla infinita.
La patología de los "normales"
Resulta irónico que quienes viven bajo el yugo de la burocratización digital —seres que han canjeado su sistema nervioso por dopamina de baja calidad— se sientan con la autoridad moral de señalar al therian. El "normal" es hoy un sujeto domesticado, un operario del dato que ha olvidado el olor de la tierra y el calor de la manada. Para estos administradores del vacío, el intento de conectar con la animalidad es un "brote". Sin embargo, si aplicamos a Spinoza, la verdadera patología es la de ellos: una tristeza profunda nacida de un cuerpo que ya no sabe qué puede, un cuerpo que ha renunciado a su potencia para convertirse en un apéndice del algoritmo.
El delirio como trinchera
Es necesario detenerse en la frontera de lo clínico sin temor al diagnóstico: ¿presenta el fenómeno therian ribetes psicóticos? Probablemente sí. Pero aquí la honestidad intelectual nos obliga a invertir la carga de la prueba. Si la subjetividad contemporánea se quiebra, no es por una debilidad intrínseca del individuo, sino por la presión de una lógica perversa que rige el mundo social. Estamos ante una "psicotización de diseño". El devenir-therian es un delirio de resistencia. Si el mundo "cuerdo" es un desierto de algoritmos y soledad productiva, la fuga hacia la animalidad es el intento desesperado de reconstruir un territorio donde el cuerpo aún signifique algo. No es que el therian haya perdido el sentido de la realidad; es que la realidad ha perdido todo sentido humano, y solo en la identificación con la bestia encuentra un suelo donde ponerse de pie.
La soberanía de la carne o quién es el verdadero alienado
Siguiendo a Deleuze, no estamos ante una mascarada infantil, sino ante una línea de fuga. El therian no imita al lobo; busca la intensidad del lobo para escapar de la subjetividad domesticada. Para Bataille, en cambio, lo animal es soberanía pura: juego y continuidad frente al cálculo del trabajo. El therianismo, con su búsqueda de la ternura y el cuidado instintivo, podría ser una bofetada a la frialdad del rendimiento y, en simultáneo, una búsqueda desesperada por recuperar una consistencia perdida.
El niño lúcido frente al mundo "adúltero"
En última instancia, el therian habita la lucidez cándida del niño frente a la perversión idiotizante de la vida "adulta". Una adultez que es, en rigor, un estado adulterado por las lógicas de un sistema que nos prefiere marchitos. El therian se niega a ser el cómplice silente de una normalidad que huele a encierro y a oficina. Se trata, al fin y al cabo, de aguzar el olfato. De volver al rastro, a la piel y al gruñido para tornar obsoleta la acción discursiva y performática de los "Epstein" de la vida —esos arquitectos de la perversión que operan desde las sombras del poder—. Frente a la mirada depredadora del perverso sistémico, el devenir-animal es el regreso a una pureza salvaje que ya no se deja comprar ni clasificar. Quizás el aullido no sea un signo de locura, sino el último rastro de una cordura que, para salvarse, ha decidido abandonar el lenguaje de los hombres.
*Actor, escritor y docente
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