EDUCACIÓN

22 de Febrero de 2026

El agotamiento silencioso del sistema educativo

El sistema educativo no está en crisis: está agotado y presionado por todo y por todos. Funciona, sostiene y contiene, pero sin horizonte ni proyecto. Mientras el Estado exige resultados y se repliega de la conducción, la escuela – y muchas veces sus equipos directivos – absorben el costo de no decidir. No es falta de compromiso: es desgaste estructural.

/ por Fernado Bonforti *

Durante años, buena parte del debate público insistió en explicar los problemas educativos a partir de responsabilidades individuales. Docentes que no alcanzan, estudiantes que no responden, equipos directivos que no gestionan bien. Esa lectura no es ingenua: es funcional. Permite correr el foco de las decisiones políticas y trasladar el peso del desgaste al interior de las escuelas. El cansancio que hoy atraviesa al sistema no es personal. Es político. Es el resultado directo de un Estado que exige presencia, resultados y contención, pero retacea dirección, planificación y respaldo.

La escuela opera bajo una acumulación permanente de presiones que no eligió ni definió. Se le pide que incluya, que cuide, que contenga, que repare vínculos sociales dañados, que atienda la salud mental, que compense desigualdades estructurales y, al mismo tiempo, que garantice aprendizajes en condiciones cada vez más frágiles. Todo se vuelve demanda. Todo es urgente. Nada se ordena. Cuando todo es prioridad, no hay prioridades: hay desgaste. 

Cada ausencia del Estado en otros planos termina recalando en la escuela. Lo que no resuelven las políticas sociales, lo que no alcanza a cubrir la salud, lo que no articula el territorio, se deposita en la institución escolar como si fuera natural. No porque la escuela esté preparada para hacerlo, sino porque sigue abierta, disponible y obligada a responder. Esa disponibilidad permanente es leída como fortaleza, cuando en realidad es una forma de sobre exigencia estructural que se sostiene a costa del agotamiento.

En ese circuito de presiones, muchas veces el fusible termina siendo el equipo directivo. Cuando nadie define con claridad, cuando las decisiones se postergan o se fragmentan, la presión no desaparece: baja. Y baja hasta encontrar un punto de corte. Los equipos de conducción quedan expuestos como primera línea de contención y última de responsabilidad. No diseñan la política educativa, pero responden por sus efectos. No definen las reglas del juego, pero deben hacerlas cumplir. Entre normativas cambiantes, demandas contradictorias, familias en tensión, docentes agotados y un Estado que exige sin acompañar, la conducción escolar se convierte en el lugar donde todo estalla. El fusible salta ahí porque alguien tiene que absorber el costo de no decidir. Y casi nunca es quién tenía la responsabilidad de gobernar.

La gestión educativa tiene un rol central en este proceso. Gobernar el sistema dejó de ser pensar un rumbo y pasó a ser administrar tensiones. Se gestiona para evitar conflictos, para llegar al cierre del ciclo lectivo, para sostener una gobernabilidad mínima. Las decisiones de fondo se postergan, se diluyen o se fragmentan en dispositivos aislados que no alteran lo central. Se anuncian reformas, se multiplican programas, se ofrecen capacitaciones, pero sin un proyecto político que articule, jerarquice y de sentido. Hay movimiento, pero no hay dirección.

El Estado no está ausente: está replegado. Presente en la exigencia, ausente en la conducción. Aparece para demandar resultados, pero no para asumir costos. Se corre del conflicto, delega en las instituciones y luego evalúa como si las condiciones fueran neutrales. Esta forma de gobernar no es improvisación ni torpeza técnica: es una decisión política. Gobernar sin decidir, sostener sin transformar, exigir sin respaldar.

El agotamiento del sistema no se explica solo por salarios, infraestructura o condiciones laborales, aunque todo eso importe y pese. El desgaste más profundo es simbólico y político. Trabajar sin horizonte cansa más que cualquier sobrecarga. Cuando no hay una idea clara de hacia dónde se va, cada esfuerzo se vuelve defensivo. Se hace para sostener lo que hay, no para construir lo que falta. La gestión cotidiana reemplaza al proyecto y la emergencia se vuelve norma.

En ese marco, el cansancio se normaliza. Se celebra la resistencia como virtud, se romantiza el aguante, se convierte el sacrificio permanente en estándar. Pero un sistema educativo no puede sostenerse indefinidamente en clave de heroicidad. La épica del aguante es funcional a un Estado que no quiere – o no puede – hacerse cargo de planificar a largo plazo.

El problema no es que la escuela no funcione. El problema es que funciona bajo presión permanente, absorbiendo tensiones que no le corresponden y asumiendo responsabilidades que exceden su rol. Cuando todo se deposita en la escuela, la educación deja de ser una política estratégica y pasa a ser un dispositivo de contención generalizada. Y cuando eso ocurre, enseñar deja de ser el centro y pasa a ser una tarea más entre urgencias.

Hablar de agotamiento no es una queja sectorial ni un reclamo corporativo. Es nombrar un síntoma. Un sistema cansado es un sistema que perdió capacidad de proyectar. Que repite rutinas porque no tiene margen para pensar transformaciones reales. Que administra lo posible porque nadie se anima a definir lo necesario. Eso es neutral: es el resultado de una conducción política que elige la inercia antes que el conflicto.

Mientras el cansancio del sistema siga siendo interpretado como falta de compromiso individual y no como consecuencia de decisiones – y omisiones – del Estado, el debate educativo seguirá mal planteado. No se trata de pedir más esfuerzo a quienes ya están al límite, sino de discutir qué Estado hace falta para que la escuela deje de ser último sostén de todo.

Sostener no es lo mismo que transformar. Resistir no es lo mismo que gobernar. Un sistema educativo agotado puede seguir funcionando durante años, pero lo hará a costa de su sentido. Y cuando la educación pierde horizonte, lo que se pierde no es solo calidad: se pierde futuro.

*Fernando Bonforti

Especialista en Educación, Gestión y Políticas Públicas.

Director de FB Educación & Gestión – 

Instagram: fb.educacion.gestion


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