LECTURA

20 de Marzo de 2026

El recomendado de la semana: “En busca del cielo perdido”

(sobre No entender. Memorias de una intelectual, de Beatriz Sarlo, Buenos Aires, Siglo XXI, 2025, 208 páginas)

Otros, ellos, antes, podían. Podían decir yo con una convicción que hoy nos resulta casi obscena. Borges sentenció alguna vez que la personalidad no es más que una quimera consentida por el engreimiento y el hábito, y que no hay tal cosa como un yo de conjunto: una afirmación que, leída despacio, en cualquier tarde, mate de por medio, desbarata con poca ceremonia siglos de filosofía del sujeto. Uno se ve tentado a recurrir a Girondo para radicalizar ese escepticismo con la incandescencia propia del genio y batir, en un buen cocktail, el conglomerado, la proliferación monstruosa de sujetos que todos hemos sido, como si la idea del yo fuera una visita que viene, se sienta un rato y después se va sin avisar. Al fin y al cabo, he aquí la cuestión: ¿Quién escribe una autobiografía? ¿Y quién la lee? En esa tradición rioplatense que erosiona, multiplica y disuelve el yo se inscribe No entender. Memorias de una intelectual, el último libro de Beatriz Sarlo, terminado y entregado a Siglo XXI poco antes de su muerte, el 17 de diciembre de 2024.
El libro arranca con una advertencia que suena a manifiesto: “ninguna intangibilidad de la memoria, ningún sentimentalismo cheap, ninguna nostalgia nebulosa, todo duro y nítido.” Y tiene dos zonas bien diferenciadas: en la primera, Sarlo narra sus orígenes, la historia de una niña de clase media porteña que decide hacerse intelectual por prepotencia de trabajo, contra todos los mandatos del entorno; en la segunda, un ensayo sobre la dificultad como condición estética, donde plantea que no entender es "la experiencia primera y definitiva" y que "el arte es negatividad, no afirmación plena". Entre los objetos que vertebran esa educación sentimental aparecen referencias a Rimbaud, Valéry, Baudelaire, escenas de lectura, anécdotas, tilinguerías, y hasta el cine de Hollywood: Sarlo recuerda al pasar el impacto del discurso de Marco Antonio en el Julio César de Mankiewicz (1953), que ella vio (y, he aquí una huella, descifró mas no clausuró) a los once años, en especial la fórmula que Marlon Brando repite con creciente ironía —" and Brutus is an honourable man"— hasta que el sentido se invierte y estalla. Era eso: una primera lección de que entender no es suficiente, que bajo la superficie de lo comprensible acecha siempre otro sentido, esperando.

Y sin embargo lo que incomoda a No entender —en el sentido más productivo del término— es su relación oblicua con el género que parece practicar. Porque si bien Sarlo narra sus orígenes con la distancia chúcara de quien se toma a sí misma como objeto de estudio abandonando de a ratos la memoria para instalarse en el ensayo puro, no deja de caer en la tentación de subordinar la autobiografía a un argumento puro, el de justificar(se) un lugar en el mundo, más que en la academia, en el campo cultural. Y su infinito yo se disuelve en el método. Lo que recuerda a su admirado Barthes y a esas mínimas instantáneas dispersas destinadas a indicar, establecer y ocultar a la vez a la persona, rehuyendo cualquier construcción continua o esencialista del yo.
No entender no es el proyecto autobiográfico de Sarlo, pero no lo es porque la autobiografía no es un género sino una forma de leer y Sarlo demuestra saberlo sin necesidad de argumentarlo: en lugar de discutir la trampa, la habita. Hay algo borgeano en esa maniobra, y no es casual que sea a Borges (a cuyas clases en Letras aclara, con cierta culpa progre o tilinga, no asistió) a quien ella misma recurra: la vida como argumento, el argumento como vida.

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