/ Por Ivo Marinich - Lic. en Comunicación Social (UBA) y autor de "Casa Güerci" (Ed.
Se preguntaba cómo era posible que el movimiento de tantas personas pudiera mantener la corrección y el sigilo propios de un funeral. Miles, intuía, decenas de miles como ella caminando hacia Plaza de Mayo con el mismo andar solemne, pesado y decidido a la vez, todos ellos bajo el efecto de un penoso recuerdo colectivo que yacía inalterable en los corazones de muchos y en los cuerpos de algunos, cuerpos como el suyo, que esa misma mañana, a modo de sensaciones fantasmas, tuvo resabios del horror vivido veinte años atrás: la picana en los genitales, el gusto a saliva y sangre, la ubicuidad estridente del dolor, el llanto de su bebé consumiéndose al final del pasillo cavernoso.
Esa naturaleza uniforme de los movimientos, las voces e incluso la indumentaria de todos los allí presentes, ya atrincherados frente a la Casa Rosada, hizo que a sus ojos se destacara, casi por contraste, un sujeto alto, delgado, con un pullover gris. Había algo incoherente en su presencia, en la manera extrañada y curiosa de observar el acontecimiento. Como el nativo de ciudad que identifica al turista por su manera de comportarse, sabía que ese hombre no pertenecía al recuerdo colectivo que los movilizaba.
De pronto su mirada se encontró con la de él, que después de unos momentos consultó su reloj y se acercó a su posición.
—Por favor, no me tome a mal— dijo con tono dulce y precavido. —Vine a verlo con mis propios ojos.
—¿A qué?
—A ustedes. Quería sentir cómo éramos antes— volvió a mirar su muñeca. —¿Me deja hacerle una pregunta?.
Ella asintió a pesar del desconcierto.
—Si le dijera que en treinta años volverán las mismas ideas de odio que hoy están amordazadas, que habrá generaciones enteras de individuos desmemoriados y capaces de negar las heridas más profundas y dolorosas del cuerpo, el espíritu y la historia, ¿qué pensaría?
Ella señaló a su alrededor.
—Eso es imposible. Mire, hemos aprendido.
El hombre le sonrió y por un instante se le humedecieron los ojos.
—Por favor, haga de cuenta.
Ella hizo una mueca, se cruzó de brazos y contestó:
—Bueno, en ese caso le digo que por suerte no estaré viva para presenciar ese momento.
—Es una buena respuesta— dijo él, justo cuando sonó la alarma del reloj. —¿La puedo abrazar?
Y al verlo batallar contra las lágrimas, fue ella la que lo llevó contra su pecho hasta que se evaporó en el aire.
Estamos en Facebook danos un me gusta!