Hay noches que no se apuran,
que se quedan suspendidas entre luces doradas
y sombras que saben guardar secretos.
La ciudad respira distinto acá,
como si cada pared antigua recordara historias
que nadie se anima a decir en voz alta.
El silencio no es vacío,
es presencia.
Es tiempo detenido en cada ventana iluminada,
en cada paso que no se da.
Las luces acarician la fachada
como si quisieran despertarla,
pero el edificio no duerme…
solo observa.
Siempre observó.
Testigo de promesas, de encuentros, de despedidas
que se quedaron flotando en el aire frío de la noche.
Y ahí estás vos,
aunque no se te vea,
aunque no estés en la imagen,
formás parte igual.
Porque hay momentos que no necesitan personas visibles,
solo una emoción que los habite.
La calle vacía no está sola,
late.
Late con todo lo que pasó
y con todo lo que todavía no llega.
Quizás eso es lo que tiene la noche:
te obliga a sentir más fuerte,
a pensar más profundo,
a mirar lo que de día se disimula.
Y en medio de todo,
esa luz tibia, firme,
como una promesa silenciosa
de que incluso en la quietud
algo sigue vivo.
Texto y foto: @fotografia.agostina
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