(sobre Koljós, de Emmanuel Carrère, Anagrama, 2026, 440 páginas)
Hay una imagen en las Elegías de Duino que resuena de manera extraña en Koljós: los ángeles, sugiere Rilke, no siempre saben si caminan entre vivos o entre muertos, porque la corriente eterna arrastra todas las edades a través de ambos reinos sin distinguirlos. No es una imagen de consuelo; es una imagen de vértigo. Los muertos no están en otro lado: están en la misma corriente, y nosotros también desapareceremos fugaces, de tarde en tarde. Eliot lo formularía de otro modo en Cuatro cuartetos: el tiempo del pasado y el tiempo del futuro convergen en un solo presente irredimible, y las casas se caen y se alzan y vuelven a caerse sobre el mismo suelo y en el comienzo, paradójicamente, está el fin. Koljós es ese suelo del que partimos: un libro donde Emmanuel Carrère entiende, al morir su madre, que toda su escritura era ya un duelo anticipado, y que el origen de ese duelo estaba, desde siempre, en el principio.
El libro arranca con el funeral de Estado de Hélène Carrère d'Encausse, figura mayor de la vida intelectual francesa, primera mujer al frente de la Academia y reconocida autoridad en el estudio de la historia rusa, muerta en 2023. Ese comienzo es, deliberadamente, el umbral menos íntimo posible para una obra que va a volverse cada vez más personal. Carrère tarda en encontrar a su madre detrás de la académica; el libro narra esa demora.
El padre —meticuloso, siempre en la sombra— había dejado organizados en monografías, fotografías y leyendas los legajos genealógicos de la familia. Esos papeles son el hallazgo que desencadena la investigación: el recorrido de los bisabuelos Zurabishvili, burgueses ilustrados exiliados de Georgia tras la Revolución bolchevique; el errático abuelo Georges, marcado por la pobreza y una colaboración con los ocupantes alemanes nunca del todo esclarecida; y sobre todo la ascensión imparable de Hélène, brillante, severa, rigurosa y a menudo impenetrable. El padre coescribe el libro en fantasma: su discreción ordenada es el contrapunto que hace legible la opacidad de ella.
En un admirable ejercicio de rigor, Carrère se toma en serio todos los géneros: autobiografía y memorias familiares, historia, libro de viajes, crónica, análisis político. Esa promiscuidad formal es la marca de fábrica de su literatura, pero aquí adquiere una justificación adicional: Hélène misma era una figura que no admitía un solo género. Académica orgullosa de su método científico, no aprobaba el uso de la primera persona en literatura ni el modo en que su hijo abordaba las cosas de Rusia. El libro que Emmanuel le escribe es exactamente el que ella habría rechazado: un libro en primera persona, sobre Rusia, sobre ella.
Esa paradoja no es accidental. Carrère se pregunta hasta qué punto el amor —o la falta de él— entre madre e hijo ha influido en su escritura, cómo ese lazo la orientó o la desorientó. La pregunta atraviesa el libro sin resolverse del todo, y eso es parte de su honestidad. Dieciocho años antes, Una novela rusa había provocado una ruptura pública entre madre e hijo; Hélène consideraba que el libro exponía a la familia de un modo que arruinaría su imagen.
Koljós es, entre otras cosas, la resolución de ese conflicto: no una paz negociada sino algo más extraño, el tipo de reconciliación que sólo es posible cuando una de las partes ya no puede responder.
Carrère ha escrito antes libros sobre impostores, asesinos, apóstoles. Siempre se trata, en el fondo, de la misma pregunta: ¿cómo se vuelve alguien lo que es? Koljós es la versión más cercana y más incómoda de esa pregunta. Aquí el enigma que necesita descifrar no es el de un personaje cualquiera: es el de la mujer que lo trajo al mundo y que, durante décadas, miró su obra con una mezcla de tácito orgullo y desdén intelectual.
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