/ por Adrián Quinteros
Lo que sucedió estas últimas 48 horas en Campana no es un hecho aislado ni una simple "travesura" digital. Es el resultado de una lógica perversa que domina nuestra ciudad. Vamos a decirlo una vez más y las veces que haga falta: vivimos en una comunidad que se jacta de su "gen tecnicista" y su progreso industrial, pero que ha descuidado lo más básico: el vínculo humano.
Este ataque masivo a la intimidad de chicas de entre 12 y 20 años es el síntoma de una psicopatización de diseño. Cuando una ciudad prioriza la técnica y el status quo por sobre la sensibilidad, genera el caldo de cultivo ideal para la crueldad. Los jóvenes no están operando en el vacío; están replicando la indiferencia que ven en los adultos y en las instituciones. Es imperativo reconocer y señalar que el modelo de éxito del que se jactan las líneas discursivas históricas —aquellas que andamiaron la ontología del sujeto campanense modélico— son, precisamente, las bases de esta operatoria de la crueldad.
En este entramado, las instituciones intermedias juegan un rol fundamental en el sostenimiento de la fachada. Resulta doloroso y contradictorio observar cómo el símbolo más emblemático de nuestra entrada, ese arco de acero que lleva grabado a fuego la máxima de "dar de sí antes de pensar en sí", termina funcionando hoy como el monumento a una ironía trágica. En la práctica, lo que prima es un "salvaguardar la institución antes que la integridad", un "pensar en la imagen antes que dar respuesta al daño". Quienes administran ese prestigio social que organiza el sentido de pertenencia en la ciudad deberían ser los primeros en cuestionar si ese mandato de entrega incluye también el coraje de romper el silencio frente a la perversión de sus propios hijos.
Si bien entendemos que este es un clima epocal, Campana se ha esforzado a lo largo de su historia reciente por encarnar un "deber ser" vacuo y desalmado, con todo el peso que esa palabra conlleva. Este silencio no es ausencia de ruido, es una construcción deliberada: el mecanismo de defensa de una sociedad que prefiere la estética del jardín al ras y la higiene de
sus calles antes que enfrentar el horror de sus propios sótanos. Al callar, las instituciones lanzan un mensaje devastador a las víctimas: su integridad es un daño colateral aceptable en nombre de la "paz social" y el consenso de ciudad modelo.
Desmontar esta maquinaria requiere algo más que protocolos de ciberseguridad; exige una revolución de la sensibilidad. Si el orden que tanto defendemos exige el sacrificio de la integridad de nuestras pibas, entonces ese orden es criminal. No podemos seguir llamando "progreso" a un sistema que produce hijos técnicamente eficaces pero humanamente desérticos. Es urgente que, como comunidad, dejemos de mirar para otro lado y admitamos que nuestro modelo de éxito está profundamente roto.
Adrián Quinteros
Poeta, docente e investigador en Salud Mental y Arte.
Estamos en Facebook danos un me gusta!