LECTURA

17 de Abril de 2026

El recomendado de la semana: “Yo he sido aquella que paseó orgullosa”

(sobre Tina Modotti. Una mujer del siglo XX, de Ángel de la Calle, México, FCE, 2025, 303 páginas)

Un rostro llena el encuadre, los ojos de diva, la boca entreabierta, el gesto suspendido entre la entrega y la reserva. Se trata de la imagen perfecta, en el sentido más inquietante de la palabra, con la que Edward Weston inmortaliza a Tina Modotti. Años después, ella misma devolvería la mirada con su propia cámara, y las fotografías que produjo —obreros, manos, cargadores, mujeres con cántaros, sombreros mexicanos que semejan el infinito, guitarras, postes de luz, rosas, copas, una máquina de escribir trunca que habrá de devorar el silencio— demostraron que aprender a ser vista había sido, en rigor, aprender a ver. El semiólogo italiano Paolo Fabbri sostenía que la cara del sentido es la de Medusa: no es el anverso transparente que se transmite, sino el reverso, una fuerza que interpela y transforma a quien la contempla. La vida de Tina Modotti fue exactamente eso.
Ángel de la Calle construye una novela gráfica admirable, uno de esos libros que no se dejan resumir porque lo narrado se subsume a la forma y porque, como dice Paco Taibo II en el prólogo, los libros se cuentan solos y no se puede, al fin y al cabo, biografiar sin amor.

Tina Modotti nació en Udine en 1896 y apenas con diecisiete años ya había emigrado a California huyendo de la miseria —así lo registraría ella misma más tarde—; fue actriz de reparto en Hollywood, esposa de un poeta mediocre, discípula, amante y modelo de Edward Weston, a quien no tardaría en superar, militante comunista en el México posrevolucionario, compañera de Julio Antonio Mella, dirigente comunista cubano acribillado en la calle en 1929, mientras caminaban juntos de regreso a casa, agente clandestina en Europa durante los años treinta, enfermera en la Guerra Civil española. Andaba sola por la calle, fumaba en público, posaba para los murales de Diego Rivera, discutía con pasión, fotografiaba, escribía cartas precisas y preciosas; todo lo cual era escándalo para la sociedad de su época. La pregunta que ella misma parecía encarnar era si una mujer podía tener una vida política, artística y afectiva con la misma libertad que un hombre.
Murió en Ciudad de México en 1942, de un infarto en un taxi, en circunstancias que nunca se aclararon del todo. Produjo apenas doscientas fotografías entre 1923 y 1930, antes de abandonar la cámara para dedicarse a la política a tiempo completo. Tina Modotti entendía la fotografía no como arte en el sentido burgués del término sino como testimonio y como arma, como gesto destructor deliberado y político: sus fotografías no invitan a la contemplación sino a la respuesta, son imágenes que no se dejan reducir a documentos ni a símbolos, sino que habitan, como diría Agamben, ese umbral inestable donde el arte y la historia se tocan sin resolverse el uno en el otro.

Es en ese cruce donde la propuesta de Ángel de la Calle encuentra su forma justa. El historietista no eligió la novela gráfica como mero soporte: la eligió porque le permite producir un texto híbrido, a la vez ensayo ilustrado e historia del pensamiento en la primera mitad del siglo XX, que encuentra la forma para honrar esa tensión sin resolverla, puesto que la misma Modotti vivió en la encrucijada entre el arte y la acción. A fin de cuentas, toda biografía es también una historia de quien la escribe.
 

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