(sobre La separación, de Martín Kohan, Barcelona, Anagrama, 2026, 228 páginas)
Un hombre se sienta en un colectivo en la terminal de Retiro y espera a que arranque, mientras desde la ventanilla observa la mano de una mujer, cuyo gesto bien puede contener un saludo, una despedida, un deseo. No es un héroe ni carga con un destino mítico. Es Fernando, el protagonista de La separación, la última novela de Martín Kohan, y viaja hacia un pueblito cordobés porque su hermano Juan Pablo acaba de separarse y parece que se está viniendo abajo.
La literatura argentina tiene una larga tradición de viajes fundacionales y de epifanías más o menos campestres, lejos y a la vez cerca de la cabeza de Goliat. No por nada en Don Segundo Sombra Güiraldes erigió la pampa como espacio de formación: la llanura, el gaucho, el horizonte. En la mirada de Fernando los pueblos de la provincia van desfilando por la ventanilla como postales de otra Argentina: las plazas, las lucecitas al borde la calle, la noche. Y, mientras pasan una película a la que nadie le presta demasiado atención, la frontera se deconstruye en la ruta, acaso como derrotero para una Bildungsroman tardía. Kohan dialoga con ese linaje y lo desmonta con precisión quirúrgica: Fernando duerme incómodo en el asiento, despierta, vigila. El micro avanza, las paradas se suceden, la lluvia aparece.
La separación no es una anti-epopeya. Es algo más sutil y más difícil: una pesquisa sobre la construcción de los afectos. La novela está articulada en tres partes que Kohan trabaja con rigor casi musical. La primera, el viaje de ida, tiene la estructura episódica de una road movie: las paradas, los pasajeros ocasionales, las pequeñas conversaciones que no van a ningún lado. La segunda, la semana en La Paz, opera en un registro distinto: el tiempo se espesa y en ese sosiego de las sierras cordobesas la novela respira de otra manera, con la calma pausada de quien ya no necesita avanzar. La tercera, el viaje de vuelta, retoma la estructura del primer tramo pero con materiales distintos: un incendio, un control policial, una mujer atrapada en el baño. Eventos que en otra novela serían el núcleo dramático aquí son apenas incidentes, objetos en el mismo plano que el paisaje o el silencio.
La distribución habitual de lo sensible jerarquiza: los grandes amores, las separaciones devastadoras, las buenas o malas decisiones pertenecen al centro del relato; el resto se desliza por el costado de la ruta como notas al margen o ruido de fondo. Aunque quizá sea al revés. Porque Kohan invierte esa jerarquía o, más precisamente, la disuelve. El resultado es una novela en la que lo insignificante cobra volumen y los indicios de la ida se resignifican en la vuelta para dar cuenta de que hay, o hubo (¿existe algo fuera del tiempo?) un aprendizaje. Al fin y al cabo, uno no regresa nunca a Ítaca ni puede reconstruir el mismo pasado que cree haber vivido, aun cuando el núcleo mismo de la existencia dependa de una ficción compartida, de un relato común, o de una espera y un reencuentro fatalmente demorado. O uno regresa siempre a Ítaca, sí, pero con el caballo cansado y como quien se desangra.
*JUARROZ Tienda de Libros*
Alem 257, Zárate
@juarroztiendadelibros
Estamos en Facebook danos un me gusta!