LECTURA

15 de Mayo de 2026

El recomendado de la semana: “Mentir con la verdad”

(Sobre Un crimen dialéctico de Guillermo Martínez, Buenos Aires, Seix Barral, 216 páginas)

Una posada, un cerro, un valle donde los lugareños practican un ritual antiguo en el que, en ciertos días de niebla extrema, bajo determinadas circunstancias, los vivos pueden volver a ver a sus muertos. Si es que son capaces de creer para ver. El protagonista de Un crimen dialéctico, la nueva novela de Guillermo Martínez ha llegado a ese paraje con una misión encargada por una organización política a la que no está seguro de pertenecer del todo: eliminar a un hombre cuya identidad todavía no conoce. Sin embargo, la conjura del azar y la necesidad, la misma posada, la niebla y tal vez el retrato a lápiz de una joven, empiezan a horadar algo que él creía cerrado: la posibilidad de saber de su padre desaparecido, de cerrar un capítulo que la historia dejó abierto.

Martínez lleva años construyendo un territorio propio dentro de la narrativa argentina: el policial filosófico, ese cruce improbable entre el suspenso de la trama y la pregunta abstracta que no puede esperar. En Acerca de Roderer el ajedrez y la filosofía hacían lo suyo; en Crímenes imperceptibles, la lógica matemática; en Los crímenes de Alicia, los juegos literarios y la herencia de Carroll. Aquí el eje se desplaza hacia una pregunta más incómoda: ¿somos realmente libres cuando elegimos? El protagonista es investigador en ciencias cognitivas y redacta de noche, mientras espera instrucciones, un artículo académico sobre la inexistencia del libre albedrío. El experimento de Benjamin Libet de 1983 —que detectó actividad cerebral anticipada varios milisegundos antes de que el sujeto tomara consciencia de su propia decisión— es la sombra científica que recorre el libro.
Si el tiempo fuera una ilusión mental, postuló Borges, la cadena causa-efecto que sostiene nuestras decisiones se disolvería con él: no hay un antes que determine un después, no hay un agente que elija porque no hay una secuencia donde la elección pueda insertarse. Proust creyó lo contrario: que el tiempo perdido podía restituirse en la escritura, que la memoria involuntaria era capaz de devolver no el recuerdo sino algo de la cosa misma, con su peso y la impronta de su fuerza de antaño. En la novela de Martínez el tiempo no se restituye: se deforma, como en un juego mefistofélico. No es casual que una famosa cita de Goethe, dada vuelta en espejo, ornamente, con una crueldad precisa, el enigma: verde es toda teoría, y gris y retorcido el árbol de la vida. La vida, descubrirá el protagonista, y acaso el lector, no es el árbol dorado que la teoría promete, sino algo torcido que ninguna fórmula alcanza a enderezar.

Como frutilla del postre, las interferencias imprevistas del amor —porque hay una mujer rusa, Irina, que ha leído a Tolstói, pero nos recuerda a Emma Bovary y también hay un paraíso perdido y un deseo— agregan lo que ningún experimento de laboratorio puede medir. Y la realidad, fiel a sí misma, decide ir más lejos que cualquier plan. Al fin y al cabo, nada mejor para los arquetipos que escaparse del guion.
Guillermo Martínez escribe con una prolijidad que recuerda más al ensayo que a la ficción, sin perder jamás el pulso del suspenso: cada capítulo deja una pieza del rompecabezas en el aire, cada diálogo tiene una carga que el lector siente antes de poder nombrarla. En Un crimen dialéctico logra que el determinismo, los celos y la culpa entren con naturalidad en una novela atrapante.

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