(Sobre Hamnet, de Maggie O'Farrell, Barcelona, Libros del Asteroide, 2021, 350 páginas)
En los archivos parroquiales del Holy Trinity Church, en Stratford-upon-Avon, figura el asiento de defunción de Hamnet Shakespeare, fallecido el 11 de agosto de 1596, con once años. Cuatro años más tarde, William Shakespeare estrenaría en The Globe una obra cuyo protagonista tiene un nombre casi idéntico, y que comienza con un fantasma que le pide a su hijo vivo que no lo olvide. No existe constancia de que haya mencionado a su hijo muerto en ningún otro escrito. La historia literaria ha llenado ese silencio y otros silencios con especulaciones; Maggie O'Farrell elige, en cambio, no llenarlo, sino habitarlo con ficción.
Hamnet no es una novela sobre Shakespeare. Más aún: en sus más de trescientas páginas, el dramaturgo no recibe un solo nombre propio —y tampoco está cuando su hijo muere. Pero si de nombres se trata, el que importa es el de la mujer que parió al niño: Agnes, nombre registrado en el testamento de su padre y que la historia prefirió borrar en favor del más doméstico "Anne". Agnes es herbolaria, lectora de palmas, mujer que conoce el lenguaje de las plantas y los cuerpos con una autoridad que su época no sabe bien cómo clasificar. Tiene una habilidad casi sobrenatural para presentir el futuro, pero no puede salvar a su hijo pequeño de la muerte. A su alrededor se desarrollan otros personajes femeninos: el recuerdo de su madre muerta y su suegra Mary. Juntas forman una trama que es también una arqueología de lo que las mujeres hicieron durante siglos sin que nadie lo considerara digno de ser escrito: velar, curar, preparar los cuerpos de los muertos. Los ritos que rodean la muerte del niño están descritos con la misma precisión física con que O'Farrell describe la enfermedad. No hay estetización ni pudor. El rito no borra el dolor; le da forma. Y la forma, en el duelo, es lo único que permite continuar moviéndose.
La novela está narrada casi íntegramente en presente histórico y esa elección no es un capricho estilístico sino una declaración sobre la naturaleza de la memoria. Lo que ocurrió no pertenece al pasado sino que sigue ocurriendo. La muerte no tiene culpable ni sentido; sólo tiene una trayectoria que se actualiza con la palabra, está viva cada vez que se relata. Y esa idea, sostenida sin subrayarla, es una de las más honestas que haya dado la narrativa reciente sobre el duelo.
Maggie O'Farrell nació en Irlanda del Norte en 1969 y lleva dos décadas construyendo una obra donde la vida privada —el cuerpo, la enfermedad, la pérdida— es el verdadero territorio histórico. Su prosa no explica ni comenta: observa, acumula, deja que el peso de las cosas hable por sí solo. En Hamnet cada silencio vale tanto como lo que se dice, y lo que permanece sin decirse vuelve a existir con cada frase —el duelo de un padre, la magnitud de una ausencia—.
O'Farrell no consuela ni explica. Construye entre los intersticios de la historia y de la memoria. Y a veces eso es suficiente para que algo cambie en la manera en que uno carga con sus propios muertos.
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