Teatro

04 de Julio de 2026

Cinco locos, rotos y descosidos: ¿entre la espera o la renuncia?

/ Por Julieta Galluzi

¿Qué haríamos si pudiéramos volver el tiempo atrás? ¿Qué palabra desdiríamos, qué traición desharíamos, qué amor intentaríamos retener? En Cinco locos, rotos y descosidos, el deseo de regresar se convierte en la forma más sutil de escapar del presente. Cinco personas aguardan la llegada de alguien a quien nunca han visto, pero en quien depositan todas sus esperanzas. Están convencidas de que, detrás de una puerta, existe alguien capaz de resolver aquello que los desvela, reparar sus errores e, incluso, devolverles el tiempo perdido. Porque, en el fondo, todos comparten el mismo anhelo: retroceder el reloj para escapar de un presente que ya no saben cómo habitar.

Un matrimonio desgastado que discute sin descanso, pero es incapaz de separarse; una apostadora serial que confía más en el azar que en sus propias decisiones; una joven devastada por un desamor; y una mujer que ha traicionado a su mejor amiga, la única capaz de pronunciar su culpa, aunque enseguida intente amortiguarla detrás de pobres excusas. Todos esperan una solución milagrosa que los exima del gesto más difícil: asumir la responsabilidad de sus propias vidas.

Mientras la salvación nunca llega, los personajes se sumergen en una absurda competencia por demostrar que su dolor es el más urgente. Se empujan, se juzgan, se disputan el primer lugar de la fila, jerarquizan sus desgracias y defienden con fervor la singularidad de su propio sufrimiento. Cada uno mira únicamente su propio ombligo, convencido de que podrá sostenerse sin el otro, mientras el escenario revela exactamente lo contrario: nadie puede salvarse en soledad cuando es incapaz de reconocerse en la fragilidad ajena.

Las coreografías y el trabajo físico del elenco traducen esa lógica en imágenes de una enorme potencia: cuerpos que chocan, se persiguen, se expulsan, se repelen y vuelven una y otra vez al mismo punto. Como una danza de la repetición, los movimientos expanden aquello que los diálogos insinúan: los personajes se encuentran en un laberinto del que no parecen estar dispuestos a salir. La obra parece preguntarse en qué momento la comodidad deja de ser bienestar para convertirse en resignación. Ese matrimonio que ya no puede convivir, pero tampoco separarse, termina funcionando como una metáfora de todos los personajes: permanecen aferrados a aquello que los lastima porque incluso el sufrimiento puede ofrecer una forma de estabilidad. Cambiar implicaría renunciar a la ilusión de que otro vendrá a resolver lo que solo ellos pueden transformar. Así, en la articulación entre palabra y movimiento, los gestos, las actitudes y los vínculos se reiteran hasta volverse destino. La circularidad deja entonces de ser un recurso escénico para convertirse en una condición de existencia.

Con humor, ironía y un absurdo que nunca pierde de vista la ternura, Cinco locos, rotos y descosidos nos enfrenta a una pregunta profundamente humana: ¿cuántas veces esperamos que el mundo cambie para no tener que cambiarnos a nosotros mismos? La irrupción final de un hombre de traje parece, por un instante, prometer la respuesta que los personajes —y acaso también el espectador— llevan esperando desde el comienzo. Pero su presencia no resuelve el conflicto; lo desplaza. ¿Ha llegado por fin la salvación tan anhelada? ¿O simplemente acaba de ingresar otro ser tan roto, tan descosido y perdido como quienes llevan toda la obra esperando un milagro?

El salvador deja entonces de ser un individuo para convertirse en una idea, casi en una ficción necesaria: la creencia de que siempre habrá una instancia superior que ordene el caos, una voz autorizada que otorgue sentido a la incertidumbre o unas manos ajenas dispuestas a cargar con aquello que nosotros no queremos sostener. La espera, en ese sentido, deja de ser un simple recurso argumental para convertirse en una forma de habitar el mundo.

La obra enuncia una verdad incómoda: Toda prisión comienza cuando alguien acepta que otro custodie la llave. Allí nace la tragedia. En la pugna de individualidades que despliegan los personajes; en la ilusión de que un tercero venga a sanar aquello que no se atreven a mirar; en la urgencia de un dolor propio que siempre parece más legítimo que el ajeno; en esos dedos que señalan, juzgan, condenan y delegan responsabilidades sin cesar. Desde entonces el encierro ya no necesita barrotes. Alcanza con repetir el mismo gesto, disputar siempre el lugar en la fila, agarrarse a las piñas con el otro y seguir creyendo, cada vez con más fuerza, que la llave descansa en un bolsillo ajeno. Quizás por eso estos cinco locos, rotos y descosidos permanecen atrapados en un destino circular: toda identidad necesita un relato para sostenerse, y ellos han elegido contarse, una y otra vez, la historia de que alguien vendrá a salvarlos.


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