El uso temprano de celulares en niños y adolescentes ya no se discute solo puertas adentro. Riesgos para la salud, acuerdos familiares y movimientos colectivos, marcan una nueva tendencia que invita a repensar cómo, cuándo y para qué dar el primer teléfono.
FOTO IA
/ Por Florencia Maugeri – @flordederecho
En el último tiempo, la pregunta ya no es si un niño quiere su propio celular, sino cuándo es verdaderamente adecuado dárselo. Lo que hasta hace poco parecía una decisión casi automática alrededor de los 10 u 11 años, hoy se debate con mayor conciencia parental:
¿vale la pena adelantar la entrega de un smartphone o es preferible postergarla en un contexto de hiperconectividad y sobreexposición digital?
Los riesgos reales —según especialistas en salud infantil— señalan que la exposición temprana a los celulares puede impactar significativamente en el desarrollo de niños y niñas. Distintos estudios han vinculado el uso prolongado de dispositivos con:
Dificultades de concentración y aprendizaje, menor rendimiento escolar, problemas de sueño y sedentarismo.Impacto en la salud física y mental, retraso en la adquisición del lenguaje y disminución de la visión. Mayor riesgo de ansiedad y depresión.Exposición a contenidos inapropiados o peligrosos, incluidos juegos de azar.
Incremento de la posibilidad de ser víctimas de grooming, suplantación de identidad y estafas online.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que el uso de pantallas en edades tempranas sea limitado y progresivo, de acuerdo con la edad. A medida que se incorpora tiempo frente a las pantallas, este debería ser siempre acompañado por un adulto y con contenidos adecuados. Se subraya que el cerebro infantil está en plena construcción y resulta particularmente vulnerable a estímulos intensos y constantes.
En este sentido, la responsabilidad familiar es clave, tanto a nivel individual como colectivo.
De este compromiso surge la iniciativa “Pacto Parental”, un acuerdo entre familias para postergar la entrega del primer celular inteligente hasta los 13 años o más. Quienes forman parte del pacto establecen límites comunes, con el objetivo de evitar estigmatizaciones o presiones sociales entre los niños. La frase que aparece en su página —“cuando aparece el celular, desaparece la infancia” — sintetiza la preocupación de muchos: no se trata de demonizar la tecnología, sino de proteger los espacios de juego, creatividad y vínculos reales antes de ceder al hábito digital.
De hecho, el planteo no apunta a negar el acceso a la comunicación, sino a desacelerarlo.
Existen alternativas concretas, como el uso de un celular analógico (“dumb phone”), sin acceso a internet, o dispositivos con funciones limitadas que permiten llamadas y mensajes
sin abrir la puerta a aplicaciones y redes sociales.Otra voz que se sumó al debate fue la de Natalia Oreiro, quien en una reciente entrevista con Infobae en Vivo contó que su hijo, de casi 14 años, aún no tiene un smartphone. La actriz explicó que la decisión se basa en el diálogo familiar y el consenso, y no en imposiciones autoritarias. El foco está puesto en la importancia de ofrecer experiencias que no dependan exclusivamente de una pantalla. Su postura no sólo visibiliza el dilema de miles de familias, sino que también impulsa una conversación más amplia sobre la crianza digital en Argentina.
En un mundo donde la infancia está cada vez más mediada por pantallas, comienza a consolidarse una contratendencia: recuperar el tiempo de juego, los vínculos reales y la exploración sin ansiedad digital. El debate está en marcha, y cada vez más familias buscan su propio equilibrio entre la conectividad y el bienestar
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