(sobre El tarot creativo de Jessa Crispin, Barcelona, Alpha Decay, 340 páginas)
Desde hace siglos, el hombre ha buscado en el Tarot no solo una cartografía del azar, sino un instrumento de narración capaz de fracturar el silencio. Lo que al principio no era más que una baraja de naipes renacentistas, de origen italiano o árabe (tarocco en la lengua de Dante, taraha en árabe, quizá “tirar, arrojar, lanzar”), derivó, por obra del azar y los siglos, en el equivalente occidental del I Ching, un mosaico de 78 láminas que escritores tan disímiles como Italo Calvino, W.B. Yeats y Philip K. Dick utilizaron para ceder el control de su ego a la contingencia del signo. Jessa Crispin rescata esta tradición y nos ofrece en El tarot creativo, ya desde el subtítulo, un manual moderno para una vida inspirada. Crispin conjetura que el Tarot no trata necesariamente de predecir el futuro, sino de volver a narrar el presente. Cada lectura es un instrumento de narración y enfrentarse a las imágenes puede ser una manera de encontrarse con la inmediatez de una revelación mística que la razón genera, pero no siempre contiene totalmente.
Jessa Crispin nació en un pequeño pueblo de Kansas en 1978 y es la editora y fundadora de Bookslut y Spolia. Ha escrito artículos para publicaciones tan importantes como The New York Times, The Guardian, The Washington Post, Los Angeles Review of Books pero también ha sido bloguera y es autora de un ensayo provocador y panfletario, Por qué no soy feminista: Un manifiesto…..feminista. Vivió en muchos lugares: Texas, Irlanda, Chicago, Berlín, entre otros a los que le llevó el azaroso viaje que relató en El complot de las damas muertas. Crispin no tiene inconvenientes a la hora de señalar su fascinación por las historias esotéricas, el ocultismo y personajes tan extraños como Madame Blavatsky, Gurdjieff o Thomas de Hartmann. También gusta de la literatura sudamericana, las historias que no se ven en la televisión o en el cine, y las afirmaciones contundentes, como por ejemplo la que hizo en su momento para justificar su trabajo sobre el tarot: “El rechazo esnob a la astrología es porque la practican las mujeres”. En consecuencia, desmitificar lo esotérico y ofrecer una guía accesible tanto para neófitos como para iniciados resulta, en esencia, una cuestión de honestidad pedagógica y una muestra de la mordacidad personal que define el resto de su obra.
Crispin nos invita a experimentar, no a creer, a abandonar la soberbia para abrazar la condición de mediador de una musa superior, sea esta una potencia divina o la colisión fortuita de átomos. Al igual que en la tradición del pensamiento cartesiano que ella misma evoca, El tarot creativo propone, probablemente más cerca de la indagación erudita que del pase de magia, que el aprendizaje constante es el único antídoto contra la decrepitud creativa. Las cartas del tarot remiten a una relación especular, que devuelve al lector una historia que ya conocía pero que no podía articular sin el auxilio del símbolo.
Leer a Crispin hoy es aceptar que la claridad es un desafío y que, en la espiral de la creación, el diálogo con lo invisible es el único puente entre el artesano y el genio. El tarot creativo no es un simple manual de adivinación; es una fisiología del espíritu que nos recuerda que, ante el vacío de la página, ayudar a descifrar un mensaje es el mayor privilegio que uno puede tener. Al final, como en un laberinto borgeano, cada carta es un monstruo que aguarda detrás del espejo del lenguaje. Del lector depende que se presente como Esfinge, Asterión, Medusa, Belerofonte o la Hidra de Lerna.
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