(sobre La visión abierta. Del mito del Grial al surrealismo, de María Victoria Cirlot, Buenos Aires, El hilo de Ariadna / Siruela, 2015, 204 páginas)
Hay una escena en Indiana Jones y la última cruzada en la que nuestro héroe llega finalmente a la sala donde el objeto sagrado reposa entre docenas de cálices falsos y tiene que elegir bien o morir. No es casual que Spielberg haya convertido ese momento en una trampa: Indiana tiene que aprender a ver de otra manera para no repetir los errores de los otros. El Grial convoca porque promete exactamente lo que ningún objeto puede cumplir: mostrarse del todo, sin velo, sin mediación, pero ¿a qué costo? Toda peripecia conlleva su riesgo, y no existen finales que no supongan alguna traición. No por nada Borges decía que había historias que no podían dejar de contarse: la del Grial es una de ellas, y no por ser la historia de un objeto mágico o sagrado, sino porque nos habla del derrotero de una mirada que todavía no aprendió a ver.
María Victoria Cirlot, medievalista catalana y una de las grandes estudiosas de Hildegard von Bingen, escribe La visión abierta con la intuición y el deseo de quien se apasiona por la búsqueda y lleva su aventura (intelectual, erudita, brillante), hasta sus últimas consecuencias. El libro avanza entre citas y relatos que van deshilvanado la madeja del misterio hasta hacerlo asequible al lector. De este modo, por ejemplo, un consejo de Leonardo da Vinci les daba a sus alumnos (mirar durante largo rato una pared descascarada hasta que las manchas empiecen a revelar figuras, ejércitos, paisajes) puede llevarnos hasta el surrealismo, o la locura del Quijote puede servir de insignia para nominar el ojo interior funcionando sin freno, la imaginación que se niega a contentarse con lo que los sentidos ofrecen.
Al fin y al cabo el sentido se sostiene con preguntas más que con respuestas. Y aprender a leer es también ver abiertamente, como cuentan que Galaad vio el Grial, y, permitirse, frente a la evanescencia de lo cotidiano, redescubrir saberes cuya bellísima inutilidad basta para hacernos felices: la medieval gracia divina de las figuras circulares, la potencia lacónica del inconsciente en el surrealismo, la pasividad como condición de la creación, una pequeña pluma llevada por el viento, el autor que asiste como espectador al nacimiento de su propia obra. Y en el centro del mundo, el mito del Grial, en cuyo capítulo es donde Cirlot más se siente a pleno y rastrea, para alegría de los sujetos leyentes, en los romans artúricos del siglo XIII (La Queste del Saint Graal, Perlesvaus, Li Contes del Graal) hasta dar cuenta de la apertura total de la mirada hacia lo invisible, el último escalón de un camino iniciático que va más allá del camino del héroe.
No sabemos qué les parecerá a ustedes, pero vivir de a ratos entre expresiones medievales, latinazgos, e imágenes bellísimas, además de reencontrarse con una tradición que ha atravesado siglos y otra mirada —discontinua, subterránea, intercultural—es una excelente excusa para forzarnos a abrir los ojos. La visión abierta es un libro que pide ser leído despacio, con la misma disposición contemplativa que describe: como quien mira una pared hasta que aparece el cielo o el infierno.
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