LECTURA

22 de Enero de 2026

El recomendado de la semana: “¿Quién le teme a Elizabeth Taylor?”

(sobre Un alma cándida de Elizabeth Taylor, Barcelona, Gatopardo, 264 páginas)

Dorothy Betty Coles a los veinte años decidió cambiar su nombre por Elizabeth, luego se casó con Kendall Taylor sin imaginar que la suma de esas decisiones la ligaría para siempre a la actriz de los ojos violetas. Entre los velos de una curiosa sombra proyectada por La gata en el tejado o Cleopatra interpretada en el cine por su homónima escribió once novelas, decenas de relatos cortos y un libro para niños. Aunque hoy la idea de ser “la otra Elizabeth Taylor” es anecdótica. La escritora se consagró no sólo como una cronista de lo cotidiano, sino como una de las observadoras más sutiles, compasivas y profundas de la ficción británica del siglo XX. Construyó un estilo que desafía al lector a comprometerse con la trágica brecha entre las ilusiones internas de los personajes y su realidad externa. Sus novelas revelan el poder silencioso y devastador de la psique humana bajo el velo de la rutina doméstica. Un alma cándida, publicada en 1964, es un ejemplo paradigmático de su genio: una trama de aparente sencillez que sirve de fachada para un análisis agudo de la soledad, el autoengaño y las consecuencias destructivas de las buenas intenciones

Flora es el eje sobre el que se desenvuelve la trama. Comprender la naturaleza de su tiranía benigna es la clave para desentrañar la profunda complejidad temática de la obra. Su protagonista no es una villana tradicional; de hecho, carece por completo de malicia. Es precisamente esta ausencia de oscuridad lo que la convierte en una figura tan monstruosa y fascinante.
Taylor habilita otras voces para dejarnos ver o, mejor dicho, oír que un alma cándida es cultivada por otros: es el producto de una madre hipocondríaca que la "protegió y mimó" hasta entregarla en matrimonio; un esposo que la ve como una mujer de una "belleza plácida", pero con remordimientos; su amiga Meg que tiene una relación de devoción casi servil hacia Flora, pero no está exenta de momentos de lucidez. Mientras que la mayoría de los personajes parecen estar hechizados por la calidez de la protagonista, la pintora Liz es la única que tiene la claridad suficiente para expresar que la bondad de Flora es, en realidad, un dulce veneno. Flora no trama, no manipula conscientemente; simplemente existe, envuelta en una burbuja de autoengaño que los demás se esfuerzan por no reventar, dejando una estela de devastación silenciosa a su paso.

¿Quién le teme a Elizabeth Taylor, entonces? Lectores que no quieran comprometerse con la sutileza puesta en los retratos del comportamiento humano que resultan veraces por el hecho de estar exentos de juicios del narrador. En lugar de explicar las motivaciones de sus personajes, Taylor las insinúa, forzándonos a salvar las mismas distancias emocionales que los personajes son incapaces de cruzar. Lo que convierte al acto de leer en un ejercicio de profunda empatía y descubrimiento. Requiere una observación y escucha implacable de lo que la escritora nos ofrece.

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